sábado, 12 de octubre de 2013

Capítulo 8




Reconsiderando consideraciones espaciales del capítulo precedente, hemos decido hacer pública la novela inédita inconclusa intitulada "La máquina metaliteraria" del adalid de las letras menducas, hallada también en aquella caja de zapatos que nos legara su albacea literario.

Con ustedes, la obra:



La máquina metaliteraria



1


He desarrollado una máquina para dar vida a personajes literarios. Sé que suena pretencioso y hasta fantástico e irreal. Juzgue el lector como mejor le plazca, que a fin de cuentas es lo que siempre ha hecho, y en mi caso no hará una excepción. Los que crean literalmente en lo que digo supondrán que mis escritos reflejan la realidad de un tipo que desarrolló un mecanismo capaz de... Los que no, pensaran que se trata de un nuevo caso del mal literario de nuestro tiempo, un nuevo espécimen de literatura endogámica o metaliteratura. En cualquier caso, no podrá juzgar sobre el éxito de la empresa –tanto en su versión real como literaria– hasta el final de estas páginas. 

Primero que nada, debo confesar que la máquina aún no ha sido usada, y el propósito de estas notas es, justamente, registrar mis primeros ensayos. He reflexionado largamente sobre el tipo de personaje con el que debiera probar mi último invento, y he llegado a la conclusión de que un personaje sencillo, no muy complejamente caracterizado, podría ser el ideal para un primer ensayo. Debería tratarse de una figura simple, de la cual yo pueda conocer su personalidad –o personajidad, como quizás corresponda llamarla– en cada uno de sus matices. Un personaje simplón, cuyas acciones resulten predecibles para quien haya leído el libro que se utilizará como materia prima. Después de mucho pensar, finalmente me decidí por un personaje de historieta, infantil, inofensivo: Mickey Mouse.

La primera versión de mi máquina, la Literaton 1.0, trae a la vida un personaje por vez a partir de un libro, uno solo. Si los experimentos dan buenos resultados, tengo en mente desarrollar la Literaton 2.0, con capacidad de ser cargada con dos o más libros para dar vida a un mismo personaje. Esto sería conveniente para traer a la vida a personajes históricos, cuya complejidad solo podría reconstituirse –aunque siempre parcialmente, claro está– a partir de distintos ensayos bibliográficos, libros de historia, memorias personales, etc; pero también a personajes estrictamente literarios que han reencarnado en nuevos libros. Pero por el momento tendré que conformarme con dar vida a seres unifontales, es decir, extraídos de una sola fuente bibliográfica.

Ayer mismo salí a las librerías de la calle San Juan a buscar un libro de Mickey Mouse. Estacioné en San Juan casi Garibaldi y, en la librería de esa misma esquina, conseguí un ejemplar usado de “Las aventuras de Mickey Mouse: el caso de la ladrona astuta”. Estaba ansioso por probar mi invento. Puse en funcionamiento la Literaton 1.0. En la bandeja de alimentación coloqué el libro que acababa de comprar, habiendo subrayado anteriormente los pasajes más relevantes de la trama. Aquí quizás deba aclarar que la Literaton 1.0 está dotada de un complejo software –diseñado por mí mismo– que, si bien recorre con un escáner todo el libro buscando información del personaje indicado, hace especial hincapié en los pasajes subrayados para configurar tanto física como mentalmente al personaje literario en cuestión. En la pantalla principal cargué el nombre del personaje a realizar: “Mickey Mouse”, y apreté Enter. El proceso tardaría aproximadamente unos 15 minutos, según mis cálculos. Aproveché ese tiempo para prepararme un café y tomármelo mientras se cargaba la barra del proceso de realización frente a la pantalla.

Cuando la barra llegó al 100%, la máquina emitió un bip y la puerta del cubículo de recepción comenzó a abrirse. Lo primero que salió fue un denso humo blanco y el sonido de una tos casi femenina. A medida que el humo fue despejándose, pude ver a mi personaje recién creado. Primero se dejaron ver sus zapatos amarillos, luego los pantalones y el saco azules, hasta que pude ver en persona y frente a mí al resultado de diez años de investigaciones: un Mickey Mouse hecho y derecho. Lo primero que dijo fue un “¿tú quién eres?”. Recién en eso momento advertí que había adquirido una traducción española del clásico de Disney. “Nicolás Torre –le dije–, inventor aficionado y lector profesional. Vos debés ser el famoso Mickey Mouse”. Se sorprendió de que lo conociera y lo tildara de famoso. Luego le expliqué que lo había traído al mundo real y le enumeré algunas ventajas –casi todas falsas, por supuesto; licencias poéticas, si se quiere– de este lugar con respecto a su ficticio mundo literario. Entre otras, señalé las ventajas de la tridimensionalidad, y mencioné la conveniencia de vivir en un mundo más complejo, con infinidad de matices. Recordemos que el hombre acababa de llegar del predecible mundo de los comics. “Allí se es bueno o malo, héroe o antihéroe. Aquí puedes cometer algunos pecadillos –le dije, imitando torpemente su español– para complejizar un poco tu estereotipada personalidad. Puedes tirarte algunas canitas al aire. Minnie no tiene por qué enterarse”. Le di algunas lecciones de vida –justamente yo que no soy un versado en eso– en una única sesión –mi arsenal epistémico, doxa incluída, no daba para más– y lo lancé a la calle, motivándolo a que conociera mundo. Le dí quinientos pesos en la mano y le dije “podés volver cuando se te acaben. Ya veremos que hacemos”.

La máquina había funcionado bastante bien. No lamenté haberle dado los quinientos pesos. Con la Literaton 1.0 podría hacer una fortuna, aunque todavía no sabía cómo. Aunque seguramente podría hacerlos. Pero primero tendría que hacerle algunos arreglos. Mickey me había salido con la voz demasiado aguda y la maquina estaba tirando mucho humo: evidentemente el motor estaba quemando mucho aceite. Decidí entonces hacer un modelo con motor eléctrico y regulador de registro de voz: la Literaton 1.1. Tardé cinco días en terminarla. Cuando le estaba dando los últimos ajustes, alguien golpeó a la puerta. Era Mickey Mouse. Estaba totalmente sucio y despeinado, olía a vino de tetra y apenas podía mantenerse en pie. Me dijo que cinco días estaban bien, que ya se había cansado de la vida disoluta y que quería volver con Minnie. Hablamos largo y tendido, de hombre a ratón. Lo noté bastante angustiado. Le dije “Mira, hombre, no te preocupes. Todo tiene arreglo. Mañana mismo te traigo a Minnie”. “¿En serio? –me dijo– ¿Podrías hacer eso por mí? Me harías un ratón feliz”. Luego le expliqué que en nuestro mundo había que trabajar, que había que ganarse el pan con el sudor de la frente. Le expliqué lo de la expulsión del paraíso y todo eso. Le regalé una Biblia, un poco porque quería ahorrarle las angustias que trae aparejada la lucidez, y otro poco porque quería sacármelo de encima. Sabía que tenía que hacer de él un ratón conservador, respetuoso de los valores católicos, si quería que triunfara en la vida y no volviera a reclamarme nada. Yo estaba para personajes mayores, no para ratones de historietas. 

Puse la Literaton 1.1 en marcha, coloqué el libro en la bandeja y teclé “Minnie Mouse”. A los diez minutos apareció ante nosotros la ratoncita. Mickey estaba más que feliz. Me dió un beso en la mejilla y se fue corriendo a abrazar a Minnie. Me sentí como Dios entregándole a Adán una Eva, aunque sin acudir al recurso de la costilla. Yo no quería ser cómplice del machismo del ratón. Mickey tendría que inventarse un propio relato si tenía pensado dominar a su mujer. 


Como me tenía que deshacer de ellos para continuar mis experimentos, los ubiqué en un monoambiente a dos cuadras de la Alameda y les conseguí un trabajo en el Trencito de la alegría, un simpático carromato que pasea chicos por el parque San Martín y por algunas calles céntricas de Mendoza. A veces me los cruzo cuando salgo a hacer mis ejercicios al parque y me saludan con sus manitos enguantadas. Se ven felices juntos.

viernes, 4 de octubre de 2013

Capítulo 7



Con sus últimas fuerzas y la soberanía de su voluntad bastante disminuida, Carlos Altamirano nos entregó una caja de zapatos Renzo de color marrón con tapa negra, en la que guardaba los papeles que nuestro Carlos –¿Tenenbaum? ¿Tannenbaum?– había escrito en sus últimos diez años de vida. Descubrimos, no sin asombro, que su repertorio literario excedía las fronteras de la enciclopedia, su terreno firme, para adentrarse en los mares tormentosos de la novela, los ríos caudalosos de la poesía, los arroyos intermitentes del sainete y las acequias secas del relato breve. Incluso Carlos había perpetrado incursiones de rapiña en el archipiélago del palíndromo, un género juzgado proverbialmente menor, pero que en el caso de nuestro autor no carece de cierto tufillo poético grandilocuente.


En uno de los papeles contenidos en esa caja podemos leer el siguiente relato breve inconcluso:

"Un hombre se enamora. Escucha perdido cómo ella le habla de Borges. Ese día compra en una librería del centro «Historia de la eternidad». Esa misma noche no duerme, intentando descifrar, sin éxito, aquel primer ensayo con nombres que sólo conoce de oídas y otros tantos ignotos: Platón, Plotino, Schopenhauer. Al año lo encontramos cursando el primer año de Filosofía. Ocho años después termina su primer libro: «El platonismo en los ensayos de Borges». La noche anterior a la presentación recuerda cómo empezó todo. ¿Qué será de aquella musa? ¿Cómo fue que en el camino pudo olvidarla? Intenta despejar su mente prometiéndose que al día siguiente la llamará y la invitará al evento. Mientras desayuna, recuerda aquel ascenso del que habla Diotima en boca de Sócrates, Sócrates en la pluma de Platón: de las cosas sensibles al amor al saber. Aquella tarde lo reciben los aplausos de amigos, colegas y desconocidos. Esa noche, mientras cena solo en su casa piensa en un tema para un próximo libro: Leibniz y los incomposibles."

En otro, un palíndromo asonante, que nuestro equipo de producción, por medio de técnicas de datación por radiocarbono, atribuye a su período mercero:

"Oh, Lucas, amasa culo."

Como ejemplo de su producción en verso, transcribimos el siguiente pareado alejandrino no exento de cierta afectación metropolitano-colonial, extraído de otro manuscrito del autor:

"Alejandrina aleja su bello par de tetas
y su presencia maja al recular ya cesa".

Como ejemplo de sainete, sólo se conserva un escueto y no menos lacónico proyecto de ejecución que reza:

"Nota: componer un sainete"

Finalmente, presentamos al lector el argumento de su novela infinita que, por motivos de espacio, no podemos citar in extenso: un grupo de poetas bolañeanos que realiza una investigación sobre la obra de un escritor mendocino de rasgos claramente autobiográficos quedan atrapados en la trama de una obra menor del autor, que los contiene y los reproduce ad aeternum.