sábado, 12 de octubre de 2013

Capítulo 8




Reconsiderando consideraciones espaciales del capítulo precedente, hemos decido hacer pública la novela inédita inconclusa intitulada "La máquina metaliteraria" del adalid de las letras menducas, hallada también en aquella caja de zapatos que nos legara su albacea literario.

Con ustedes, la obra:



La máquina metaliteraria



1


He desarrollado una máquina para dar vida a personajes literarios. Sé que suena pretencioso y hasta fantástico e irreal. Juzgue el lector como mejor le plazca, que a fin de cuentas es lo que siempre ha hecho, y en mi caso no hará una excepción. Los que crean literalmente en lo que digo supondrán que mis escritos reflejan la realidad de un tipo que desarrolló un mecanismo capaz de... Los que no, pensaran que se trata de un nuevo caso del mal literario de nuestro tiempo, un nuevo espécimen de literatura endogámica o metaliteratura. En cualquier caso, no podrá juzgar sobre el éxito de la empresa –tanto en su versión real como literaria– hasta el final de estas páginas. 

Primero que nada, debo confesar que la máquina aún no ha sido usada, y el propósito de estas notas es, justamente, registrar mis primeros ensayos. He reflexionado largamente sobre el tipo de personaje con el que debiera probar mi último invento, y he llegado a la conclusión de que un personaje sencillo, no muy complejamente caracterizado, podría ser el ideal para un primer ensayo. Debería tratarse de una figura simple, de la cual yo pueda conocer su personalidad –o personajidad, como quizás corresponda llamarla– en cada uno de sus matices. Un personaje simplón, cuyas acciones resulten predecibles para quien haya leído el libro que se utilizará como materia prima. Después de mucho pensar, finalmente me decidí por un personaje de historieta, infantil, inofensivo: Mickey Mouse.

La primera versión de mi máquina, la Literaton 1.0, trae a la vida un personaje por vez a partir de un libro, uno solo. Si los experimentos dan buenos resultados, tengo en mente desarrollar la Literaton 2.0, con capacidad de ser cargada con dos o más libros para dar vida a un mismo personaje. Esto sería conveniente para traer a la vida a personajes históricos, cuya complejidad solo podría reconstituirse –aunque siempre parcialmente, claro está– a partir de distintos ensayos bibliográficos, libros de historia, memorias personales, etc; pero también a personajes estrictamente literarios que han reencarnado en nuevos libros. Pero por el momento tendré que conformarme con dar vida a seres unifontales, es decir, extraídos de una sola fuente bibliográfica.

Ayer mismo salí a las librerías de la calle San Juan a buscar un libro de Mickey Mouse. Estacioné en San Juan casi Garibaldi y, en la librería de esa misma esquina, conseguí un ejemplar usado de “Las aventuras de Mickey Mouse: el caso de la ladrona astuta”. Estaba ansioso por probar mi invento. Puse en funcionamiento la Literaton 1.0. En la bandeja de alimentación coloqué el libro que acababa de comprar, habiendo subrayado anteriormente los pasajes más relevantes de la trama. Aquí quizás deba aclarar que la Literaton 1.0 está dotada de un complejo software –diseñado por mí mismo– que, si bien recorre con un escáner todo el libro buscando información del personaje indicado, hace especial hincapié en los pasajes subrayados para configurar tanto física como mentalmente al personaje literario en cuestión. En la pantalla principal cargué el nombre del personaje a realizar: “Mickey Mouse”, y apreté Enter. El proceso tardaría aproximadamente unos 15 minutos, según mis cálculos. Aproveché ese tiempo para prepararme un café y tomármelo mientras se cargaba la barra del proceso de realización frente a la pantalla.

Cuando la barra llegó al 100%, la máquina emitió un bip y la puerta del cubículo de recepción comenzó a abrirse. Lo primero que salió fue un denso humo blanco y el sonido de una tos casi femenina. A medida que el humo fue despejándose, pude ver a mi personaje recién creado. Primero se dejaron ver sus zapatos amarillos, luego los pantalones y el saco azules, hasta que pude ver en persona y frente a mí al resultado de diez años de investigaciones: un Mickey Mouse hecho y derecho. Lo primero que dijo fue un “¿tú quién eres?”. Recién en eso momento advertí que había adquirido una traducción española del clásico de Disney. “Nicolás Torre –le dije–, inventor aficionado y lector profesional. Vos debés ser el famoso Mickey Mouse”. Se sorprendió de que lo conociera y lo tildara de famoso. Luego le expliqué que lo había traído al mundo real y le enumeré algunas ventajas –casi todas falsas, por supuesto; licencias poéticas, si se quiere– de este lugar con respecto a su ficticio mundo literario. Entre otras, señalé las ventajas de la tridimensionalidad, y mencioné la conveniencia de vivir en un mundo más complejo, con infinidad de matices. Recordemos que el hombre acababa de llegar del predecible mundo de los comics. “Allí se es bueno o malo, héroe o antihéroe. Aquí puedes cometer algunos pecadillos –le dije, imitando torpemente su español– para complejizar un poco tu estereotipada personalidad. Puedes tirarte algunas canitas al aire. Minnie no tiene por qué enterarse”. Le di algunas lecciones de vida –justamente yo que no soy un versado en eso– en una única sesión –mi arsenal epistémico, doxa incluída, no daba para más– y lo lancé a la calle, motivándolo a que conociera mundo. Le dí quinientos pesos en la mano y le dije “podés volver cuando se te acaben. Ya veremos que hacemos”.

La máquina había funcionado bastante bien. No lamenté haberle dado los quinientos pesos. Con la Literaton 1.0 podría hacer una fortuna, aunque todavía no sabía cómo. Aunque seguramente podría hacerlos. Pero primero tendría que hacerle algunos arreglos. Mickey me había salido con la voz demasiado aguda y la maquina estaba tirando mucho humo: evidentemente el motor estaba quemando mucho aceite. Decidí entonces hacer un modelo con motor eléctrico y regulador de registro de voz: la Literaton 1.1. Tardé cinco días en terminarla. Cuando le estaba dando los últimos ajustes, alguien golpeó a la puerta. Era Mickey Mouse. Estaba totalmente sucio y despeinado, olía a vino de tetra y apenas podía mantenerse en pie. Me dijo que cinco días estaban bien, que ya se había cansado de la vida disoluta y que quería volver con Minnie. Hablamos largo y tendido, de hombre a ratón. Lo noté bastante angustiado. Le dije “Mira, hombre, no te preocupes. Todo tiene arreglo. Mañana mismo te traigo a Minnie”. “¿En serio? –me dijo– ¿Podrías hacer eso por mí? Me harías un ratón feliz”. Luego le expliqué que en nuestro mundo había que trabajar, que había que ganarse el pan con el sudor de la frente. Le expliqué lo de la expulsión del paraíso y todo eso. Le regalé una Biblia, un poco porque quería ahorrarle las angustias que trae aparejada la lucidez, y otro poco porque quería sacármelo de encima. Sabía que tenía que hacer de él un ratón conservador, respetuoso de los valores católicos, si quería que triunfara en la vida y no volviera a reclamarme nada. Yo estaba para personajes mayores, no para ratones de historietas. 

Puse la Literaton 1.1 en marcha, coloqué el libro en la bandeja y teclé “Minnie Mouse”. A los diez minutos apareció ante nosotros la ratoncita. Mickey estaba más que feliz. Me dió un beso en la mejilla y se fue corriendo a abrazar a Minnie. Me sentí como Dios entregándole a Adán una Eva, aunque sin acudir al recurso de la costilla. Yo no quería ser cómplice del machismo del ratón. Mickey tendría que inventarse un propio relato si tenía pensado dominar a su mujer. 


Como me tenía que deshacer de ellos para continuar mis experimentos, los ubiqué en un monoambiente a dos cuadras de la Alameda y les conseguí un trabajo en el Trencito de la alegría, un simpático carromato que pasea chicos por el parque San Martín y por algunas calles céntricas de Mendoza. A veces me los cruzo cuando salgo a hacer mis ejercicios al parque y me saludan con sus manitos enguantadas. Se ven felices juntos.

viernes, 4 de octubre de 2013

Capítulo 7



Con sus últimas fuerzas y la soberanía de su voluntad bastante disminuida, Carlos Altamirano nos entregó una caja de zapatos Renzo de color marrón con tapa negra, en la que guardaba los papeles que nuestro Carlos –¿Tenenbaum? ¿Tannenbaum?– había escrito en sus últimos diez años de vida. Descubrimos, no sin asombro, que su repertorio literario excedía las fronteras de la enciclopedia, su terreno firme, para adentrarse en los mares tormentosos de la novela, los ríos caudalosos de la poesía, los arroyos intermitentes del sainete y las acequias secas del relato breve. Incluso Carlos había perpetrado incursiones de rapiña en el archipiélago del palíndromo, un género juzgado proverbialmente menor, pero que en el caso de nuestro autor no carece de cierto tufillo poético grandilocuente.


En uno de los papeles contenidos en esa caja podemos leer el siguiente relato breve inconcluso:

"Un hombre se enamora. Escucha perdido cómo ella le habla de Borges. Ese día compra en una librería del centro «Historia de la eternidad». Esa misma noche no duerme, intentando descifrar, sin éxito, aquel primer ensayo con nombres que sólo conoce de oídas y otros tantos ignotos: Platón, Plotino, Schopenhauer. Al año lo encontramos cursando el primer año de Filosofía. Ocho años después termina su primer libro: «El platonismo en los ensayos de Borges». La noche anterior a la presentación recuerda cómo empezó todo. ¿Qué será de aquella musa? ¿Cómo fue que en el camino pudo olvidarla? Intenta despejar su mente prometiéndose que al día siguiente la llamará y la invitará al evento. Mientras desayuna, recuerda aquel ascenso del que habla Diotima en boca de Sócrates, Sócrates en la pluma de Platón: de las cosas sensibles al amor al saber. Aquella tarde lo reciben los aplausos de amigos, colegas y desconocidos. Esa noche, mientras cena solo en su casa piensa en un tema para un próximo libro: Leibniz y los incomposibles."

En otro, un palíndromo asonante, que nuestro equipo de producción, por medio de técnicas de datación por radiocarbono, atribuye a su período mercero:

"Oh, Lucas, amasa culo."

Como ejemplo de su producción en verso, transcribimos el siguiente pareado alejandrino no exento de cierta afectación metropolitano-colonial, extraído de otro manuscrito del autor:

"Alejandrina aleja su bello par de tetas
y su presencia maja al recular ya cesa".

Como ejemplo de sainete, sólo se conserva un escueto y no menos lacónico proyecto de ejecución que reza:

"Nota: componer un sainete"

Finalmente, presentamos al lector el argumento de su novela infinita que, por motivos de espacio, no podemos citar in extenso: un grupo de poetas bolañeanos que realiza una investigación sobre la obra de un escritor mendocino de rasgos claramente autobiográficos quedan atrapados en la trama de una obra menor del autor, que los contiene y los reproduce ad aeternum.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Capítulo 6




Carlos María Altamirano, alias “Filósofo de Villa Hipódromo”, alias “Filósofo en pantuflas”. Minibar de su casa. 22 de enero de 2013: “Crecido en una familia pequeñísimoburguesa que tuvo que valerse de sus propios medios para lograr la hazaña de ascender socialmente desde los últimos peldaños de una 'clase baja alta' a los primerísimos escalones de la apenas menos desacomodada 'clase media baja' mendocina, Carlos supo mamar, ya desde muy pequeño, el valor de la responsabilidad y la idea del hombre como selfmade-man, junto con la leche materna. En el caldo de cultivo de una sociedad conservadora e hipócrita, brota la familia Tannenbaum como por generación espontánea”. ¿Gusta un trago? Yo sí me voy a servir un güisquisito, si me permite. ¿Por dónde iba? Ah, sí, por aquí: “Último vástago de la familia Tannenbaum, Carlos es un intento pseudo-hegeliano por consumar el fin de la familia, asumiendo en su propio ser las contradicciones internas del clan familiar”. Tengo aquí algunas claves para justificar la hipótesis anterior. Uno: “A sus 71 años, Carlos Tannenbaum permanece soltero y sin hijos, y ni siquiera se le conoce mujer alguna. Como todas las evidencias nos permiten concluir, Carlos Tannenbaum ha hecho del celibato un modo de vida: por lo menos en este aspecto asume la proverbial castidad de las mujeres Tannenbaum”. Dos: Dígame, lógicamente, ¿qué es un oxímoron? Un oxímoron es una contradicción, hombre. No es casual que Carlos haya dedicado su vida a recolectar contradicciones. Su vida no ha sido más que eso. Pero si bien se lo ve, un oxímoron no es meramente una contradicción o no es una contradicción cualquiera. Escuche esto: “Un oxímoron no es, como a primera vista podríamos ingenuamente pensar, una díada de dos términos contrapuestos como blanco-negro o alto-bajo, sino que es una tríada compuesta por una tesis, una antítesis y lo que hace que un oxímoron sea lo que es y no meramente una contradicción carente de sentido una síntesis de ambas”. ¿Seguro que no quiere un güisquisito? A mí se me seca la garganta, por eso... ¿Por dónde iba? Sí... “La síntesis amalgama en una unidad de sentido lo que de otra manera serían dos términos contrapuestos y tan insolubles entre sí como el agua y el aceite”. Este güisqui está muy bueno, realmente. ¿Seguro que no gusta?.. A ver, ¿cómo le explico? Un oxímoron es una mayonesa, la mezcla misma de lo inmiscible. La emulsificación de dos términos contradictorios, como el agua y el aceite, produce lo que parecía imposible: una emulsión, en nuestro caso, de términos. El oxímoron es una mayonesa de antónimos, si me permite. Tanto hablar de mayonesa me ha despertado el apetito. Además el güisqui puro se me sube rápido a la cabeza si no lo rebajo con algo sólido. Si me disculpa voy a traer unas aceitunitas y un poco de queso. Mire, querido amigo, el clan Tannenbaum funciona como un matriarcado encubierto, en el cual los hijos heredan el apellido materno. El verdadero apellido de Carlos, por cierto, no es Tenenbaum, sino Tannenbaum, que significa “abeto” en alemán. Sucede que allá por mil ochocientos y pico, durante la primera ola inmigratoria, que yo prefiero llamar tsunami inmigratorio por las proporciones que asumió... Durante el primer tsunami inmigratorio argentino, digo, la familia Tannenbaum sufrió una alteración en su apellido, por la proverbial inoperancia del personal de los registros civiles de aquel entonces, inoperancia que ha sido salvada en parte por la profesionalización del personal administrativo de los registros civiles de la Nación. Esto que le digo, mientras me sirvo otro güisquisito, mi querido amigo, no es un dato inferior a la hora de analizar la peculiar personalidad de Carlos Tannenbaum, porque “abeto” también se dice “Fichte” en alemán, el nombre del centroforward del idealismo alemán, el eslabón, perdido para la memoria popular, que unió a Kant y Hegel. Eslabón, bien digo, de una férrea cadena que sólo pudo romper el gran Karl Marx con su martillo, mientras Engels lo asistía con la hoz. ¿Qué quiero decir con esto? Pues que Tannenbaum es el Kant, el Fichte y el Hegel, la santísima trinidad del idealismo alemán, pero de nuestras tierras. Y todo en uno. ¿Por qué lo que allá fue tres, acá es uno?, me preguntará usted. Argucias de la Razón, Razón con mayúsculas, responderé yo: misterios insondables para la razón, razón esta vez con minúsculas. Yo, en cambio, le pregunto a él y a usted, y ya que estoy me pregunto a mí mismo: ¿por qué la Razón habría de replicar la tríada germana en estos lares? ¿Qué necesidad tendría de hacerlo? Y, si usted me permite, mientras me sirvo otro vasito, te respondo, hermano querido. ¿No te molesta que te tutée? Te respondo a vos, pero también me respondo a mí mismo: que aquello fuera tres tuvo sentido en aquel entonces pero ya no lo tiene. Pues lo que alguna vez fue, para la Razón es y seguirá siendo siempre. Nada se pierde para la muy guacha. Eso salta a la vista si uno es capaz de trascender la miopía del sentido común y adentrarse lisa y llanamente en los terrenos de la especulación filosófica. Una vez desplegados los tres momentos, las dos tesis y su superación, lo que era trino se cristaliza como mónada, una mónada que un buen día despega en Jena o en Berlín o dónde carajo sea, y un tiempo después aterriza donde se le canta la regalada gana. En nuestro caso, en Mendoza. Así es, hermano, como la antorcha de la ciencia filosófica pasa de Alemania a Mendoza. Esta botella se me está acabando, pero tengo otra por algún lugar. Espérese un momentito. Yo sabía que por ahí andaba. ¿Seguro que no querés...?

sábado, 21 de septiembre de 2013

Capítulo 5




Señora de Horny, madre de Brígida Horny. Portero de la calle  Ayacucho  al 1500. 15 de enero de  2013.  10:35  hs.:   ¿Cómo,  m´hijito? Yo no conozco a ningún Carlos Perez (sic). Deben ser los vecinos nuevos de arriba. Pregunte en el 2ºB.



Vecinos de la Señora de Horny, madre de Brígida Horny. Portero de la calle Ayacucho al 1500. 15 de enero de 2013. 10:36 hs.: (Nadie atiende el portero)



Aquí perdimos nuevamente el rastro de Carlos Tenenbaum. Todo parecía indicar que habíamos llegado a un callejón sin salida. La calle topando en la entrada de un edificio era una prueba irrefutable. Dimos media vuelta para probar mejor suerte en la dirección contraria cuando, al volver a pasar por la puerta del edificio de la calle Ayacucho al 1500, vimos al mismo Carlos Tenenbaum en cuerpo y alma –el alma no se la vimos, claro, es sólo un modo de decir– aprestándose a ingresar al inmueble. En su mano derecha llevaba un sobre de papel madera tamaño oficio repleto de papeles, en uno de cuyos lados pudimos leer: “Vox”. ¡Los manuscritos!, nos dijimos entusiasmados. Seguramente Carlos había viajado a Buenos Aires para llevar personalmente a la editorial los originales de su magna obra. Nuestro autor subió al ascensor, el cual se detuvo en el primer piso. Subimos por las escaleras y aguardamos en el rellano para averiguar de qué piso salía. La espera duró unas tres horas. A las 15 hs., Carlos salió del departamento 1ºB, el mismo donde vive la señora de Horny, sin los documentos. ¿Por qué dejaba su más preciada obra en la casa de su ex-suegra? ¿Y por qué la señora de Horny nos había ignorado, finjiendo que había escuchado mal el apellido de Carlos? Demasiados misterios. Bajamos corriendo para no perder de vista a don Tenenbaum. Esta vez no se nos escaparía. Tal fue el apuro, que tropezamos en el último tramo de la escalera y fuimos a parar a los pies de don Carlos, justo cuando éste salía del ascensor.



Carlos Tenenbaum. Saliendo del ascensor de la calle Ayacucho. 15 de enero de 2013: ¡Joven! ¿Qué hace por acá? Justamente lo anduve buscando antes de venirme a Buenos Aires y ahora me lo encuentro acá. Como no asistió a la cita en el bar “Los dos amigos” lo llamé tres veces por teléfono al número que me dejó pero nadie me atendió. ¿Que qué hago por aquí? Vine a visitar a mi madre.



La señora de Horny resultó ser la madre de Carlos Tenenbaum. El señor Horny no era otro que aquel Antonio pescador y cliente asiduo de la mercería que huyó con la madre de Carlos al sur. Los papeles que traía Carlos a su madre no eran los manuscritos de su obra, sino boletas que nuestro autor regresaba a su madre luego de haberlas pagado en un Rapipago de la vuelta. Los manuscritos no habían salido de Mendoza ni de los cuadernos azul Rivadavia numerados. Carlos Tenenbaum juzgaba que sus papeles no estaban aún listos para enviar a la editorial. La leyenda “Vox” en el sobre no era otra cosa que una errata cometida por la señora de Horny. Así llamó siempre Antonio Horny a la caja donde guardaba las boletas de su casa y su esposa no quiso perder la costumbre después de que aquél hubiera muerto. La madre de Carlos estaba casi sorda y cuando dijimos “Tenenbaum” escuchó “Perez”, o quiso escucharlo –quién sabe–, tal vez para renegar una vez más de su propio pasado. Brígida era la hermanastra de Carlos y habían tenido una relación medio incestuosa, desconociendo ambos que eran medio hermanos1.

El caso de los manuscritos perdidos fue resuelto. Nosotros volvimos a Mendoza en el vuelo de aquella misma tarde para terminar a tiempo el informe de nuestras investigaciones que saldrá en la primera edición de la revista Bolaño, de próxima aparición en los quioscos de diarios y revistas de nuestra provincia.

Justamente cuando nos aprestábamos a dar el caso por cerrado, recibimos una llamada de un tal Carlos –otro Carlos– que aseguraba poseer material importante sobre “un tocayo mío, sobre el que ustedes están investigando”. El tal Carlos aseguraba ser el albaceas literario de nuestro Carlos, nombrado por él mismo, en caso de que “algo llegara a sucederle”, como nos adelantó telefónicamente. Había conocido al maestro por intermedio del “dotor”, con quién había cursado estudios universitarios en la UNC. Según Carlos Altamirano –como aseguraba llamarse–, Mauricio había dejado su Valle de Uco natal para instalarse en la city mendocina, porque sabía que en la Facultad de Filosofía y Letras podía especializarse en marxismo como en ningún otro lugar del país. La institución había concitado todas las miradas del izquierdismo académico desde que el Coronel Bondiola, quien era un reconocido especialista en la Revolución Cubana, había asumido la cátedra de Movimientos Sociales Contemporáneos. Así mismo, el Cabo Primero Ordoñez, otra eminencia dentro de la izquierda revolucionaria, se había hecho cargo de la cátedra “Movimientos milenaristas medievales”. Como se quedaba sin crédito, Carlos nos prometió seguir contándonos en su casa todo lo que sabía sobre Tenenbaum, su círculo íntimo de amigos y su obra.




1El “Filósofo en pantuflas” nos aclara que se trataría de un “medio incesto en-sí”, aunque no “para-sí” (Nota de la sección Misceláneas).

jueves, 19 de septiembre de 2013

Capítulo 4




Carlos no asistió a la segunda cita, pactada aquel mismo día para la semana siguiente. No contestó más el teléfono ni a la puerta de su petit hotel de la calle Almirante Brown al 1800 de Godoy Cruz. Habíamos perdido la huella del misterioso Carlos Tenenbaum, que tanto nos había costado ubicar. ¿Cómo daríamos con él si no se dignaba a atender el teléfono ni el timbre de su casa –o incluso a permanecer en ella–? Sólo teníamos un nombre que había deslizado Don Carlos en la entrevista: Mauricio Fernández, su supuesto ayudante, el ex estudiante de letras del Valle de Uco. Partimos, entonces, a la busca del tal Mauricio Fernández, “el dotor” para sus amigos íntimos. Tardamos algunos meses en dar con él, pero finalmente encontramos su nombre en la guía telefónica (gracias a la perspicaz aunque tardía sugerencia de nuestro equipo de producción). Nos contactamos entonces con “el dotor” y quedamos en encontrarnos en un coqueto bar céntrico de la ciudad de Mendoza. A partir de la voz del tal Fernández, quien nos había dicho que lo reconoceríamos por su sombrero alto, nos hicimos inmediatamente una imagen de hombre culto, de naturaleza más bien melancólica y un tanto proclive al sentimentalismo. Cuando llegamos, lo reconocimos inmediatamente por su aire melancólico, pero más que nada por el sombrero de copa alta. Mientras el mozo se aprestaba a retirar un pingüino de vino tinto de la mesa y reemplazarlo por otro, y sin mediar dilaciones, lo abordamos con preguntas del tipo: ¿usted es Fernández?, ¿podemos sentarnos?, ¿cómo dice?, ¿veinte pesos el sifón de soda?, ¿será posible?



Mauricio Fernández, alias “el dotor”. Bar Los dos amigos. 6 de enero de 2013. 23:30 hs.: Lo ricuerdo como si juera aié. Jue n'el '78, ant'el Mundial. Le ije “no sea bruto, Carlito, el plural d'osímoron e osímorou en griego. Si queré osímoru, a lo sumo. Pero ponele 'd'osímoron', que así quea bien”. Carlito... ¡qué personaje'se Carlito! Io n'esa época taba tudiando Filosofía y Letra'n la UNC y taba preparándome pa'ún parcial de griego. Así que cacé el disionario Iarza, que había sacao n'un préstamo epecial pal fin de semana, y busqué la palabra: 'osímoron, osímorou'. Io jui quien le sugirió, ademá, agregá el giro “mal'ortografía” en su cuaderno, entr'otro mucho. Io lo conocí acá'n el bar. Trabajáa'e mozo y io era y soy habitué'l lugá, como verá. Bueno, eso hata que lo rajaron. E' que Carlito tenía la mala costumbre'e sentarse'n la mesa d'alguno cliente amigo y bue... descuidáa el trabajo. Y bue, la patronal no se lo perdonó (lo tenían entre cej'y ceja). Al principio me traía lo que le pedía e intercambiáamo alguna palabra, náa má. Io siempre venía acá con un libro y él era muy curioso. Siempre me preguntáa qué'stáa leiendo. Io le contaba y él tomaba nota'n su libreta e pedido. Anotáa el nombre'l libro y algún comentario que io l'acía. Ricuerdo qu'al principio se sentáa en la mesa pa tomá mejor nota. Después me traía'l pingüino con do vaso y brindáamo a la salú e la literatura o de Cortázar, o de Kafka, o de Arlt, ia medio mamáo. Eso hata qu'el jefe lo iamáa y lo retáa por descuidá'l trabajo. Así nos juimo haciendo amigo entrañable, entre brindi y leturas a do voce'e Los siete loco o La metamorfosi o Raiuela. Io a vece le traía alguno osímoron pa su colesión priváa, que pronto será pública, veo. La verdá que no sabía náa. Hace una bocha que no lo veo. Dejé e'verlo cuando lo rajaron. No supe más náa d'él. No tenía su teléfono y bue, dejamo de verno. Vió como'e la vída... Pero debería contatarse con Benigno, quizás él pueda darle má información sobre Carlo y lo manuscrito perdío. Creo que aquí tengo su teléfono. Tome nota.



El “dotor” Fernández nos había dado alguna información valiosa sobre los orígenes de la obra que más pronto que tarde catapultará a la fama a Don Carlos Tenenbaum, de profesión tanto mercero como carnicero por los avatares del destino, aunque escritor por libre y empecinado arbitrio. Así también, nos había proporcionado información sobre el segundo eslabón de la cadena de amigos del autor, la que nos permitirá ir reconstruyendo la biografía en cuyos recovecos pretendemos encontrar los elementos que nos guíen en la ardua y muchas veces infructífera tarea de hacer salir a la luz el sentido primigenio de una obra de arte, sentido tantas veces desvirtuado por la tan lamentable deriva histórica a la que debe verse arrojada una obra maestra, en su triste condición de objeto-en-el-mundo. En esta labor de paciente pesquisa nos proponemos recuperar para el lector el calor de aquel crisol en el que se fueron fundiendo durante 35 años lo que sus detractores llaman despectivamente “un mero glosario de contadicciones”, pero que nosotros valoramos como una opera magna. Consideramos que la Enciclopedia1, so riesgo de anquilosarse en gélidos anaqueles de bibliotecas destinadas a eruditos, ha de ser templada por medio de un estudio preliminar que recupere para el lector las calores que participaron en su concepción, gestación y alumbramiento. A este noble propósito dedicamos estas páginas que recorren tus ojos, oh Lector.

Partimos, pues, à la recherche del Mariano “de la vuelta” y lo encontramos en su domicilio particular, el mismo que habitaba hace treinta y cinco años y que Carlos frecuentaba por aquel entonces.



Mariano “de la vuelta”, alias "Benigno Böse". Piscina de su casa de la calle Amengual al 1600. 7 de enero de 2013: La cosha fue ashí. Un día eshtábamosh con Carlitosh acá mishmo, en la Pelopincho tomando unash heshperidinas, y me confeshó: “eshtoy eshcribiendo un libro, Benigno”. Sho le dije ¡Carlitosh, hermano... te lo teníash bien guardao, compadre! ¿Cómo nunca me contashte?” “Esh que lo empeshé anoche, puesh –me dijo–. Shosh el primero que lo shabe. Bueno, el shegundo en realidad. El primero fui sho”. Y nos reímosh. ¡Éshte Carlitosh, shiempre tan jodón! “¿Y cuántash hojas shevásh, shi she puede shaber?”, le pregunté. “Hashta ahora unas sheish”, me dijo. “¿Sheish en una shola noche? –le dije–. A ese ritmo en un mesh lo vash a tener terminado”. Deshpuésh me dijo que no era tan fáshil, que al prinshipio uno eshcribe mucho y deshpuésh, bueno, como que la inshpirashión baja y, bueno, she eshcribe menosh. Esho fue hashe..., dejame penshar..., shí, como treinta y shinco añosh, lo recuerdo muy bien. Era un día de mucho calor, como hoy. Y losh díash de calor me inshtalo la ofishina aquí mishmo, en la Pelopincho, como verásh. Bueno, esho esh ahora. Sho penshé, te digo la verdad, que en un mesh o en un año como mucho iba a terminar el libro. Pero le shevó treinta y shinco añosh escribirlo. Creo que esh un libro shobre pájaros o algo ashí. No recuerdo muy bien, esho me lo contó hashe una bocha y nunca másh volvimosh a hablar del tema... Shí, pero esho me dijo, eshtoy sheguro: un tema de pájarosh. Deshpuésh hablamosh de otrash coshash. De minash, sheguro, shiempre hablábamosh de minash. Carlitosh había empeshado a shalir con la Brígida, una porteñita que eshtaba más buena que veintishinco ashados... ¡Qué minón la Brígida! En el barrio le deshían 'la Frígida', pero era másh rápida que no seh qué. Seh fueron a vivir juntosh, pero esha lo engañaba con todo el barrio..., menosh conmigo, vishte. Sho soy de fierro. El hecho fue que she shepararon. Esho era cuando la mamá de Carlosh eshtaba en Mendosha, porque deshpuésh la vieja she tomó el palo. Pero bueno, esha esh otra hishtoria. ¿Querésh el teléfono de Brígida? Anotá. Me lo shé de memoria.



Brígida Horny. Baño de damas de la Estación de Retiro. 9 de enero de 2013: Qué calor insoportable. Igual, lo que mata es la humedad, ¿vistes? Eso es lo malo de vivir en Buenos Aires. En Mendoza la cosa es distinta, ¿no? Linda ciudad, Mendoza, por cierto. Sho tuve un novio mendocino. Se dedicaba a la industria del vino. Eso de los años que sho viví ashá. Entre nosotras, jeje, manso muñeco. Creo que eso es lo que más extranio de Mendoza, jaja. Qué fama tienen los mendocinos, ¿eh? Bueno, si vos sabrás, nena... Sho lo conocí a Carlos por intermedio de un amigo en común que vivía en Mendoza. Se shamaba Mauricio, Mauricio Fernández. Bueno, imagino que seguirá shamándose así, ¿no? Tamaño medio, pero muy bien. “El dotor” le decían. Por cierto, hace como cinco años que no lo veo al chabón ese. No sé si seguirá en Mendoza. Lo voy a buscar en facebook, quizás lo ubique ahí. En facebook está todo el mundo, vistes. Carlos... ¿Qué te puedo contar de Carlos? Bueno, sha que estamos entre mujeres, ¿me permitís que te cuente una intimidad? Carlos era un tipo muy serio, muy culto. Era muy correcto al hablar. Eso cuando estaba vestido. Porque en la intimidad era un guarango. Parecía que junto con la ropa se le iba lo langa. A mí me excitaba eso de él, imagino que por el contraste, vistes. Carlos no era muy favorecido por delante, pero te aseguro que tenía el culo más hermoso que sho hasha visto en mi vida. Me excitaba mucho que se pusiera una tanga roja que sho tenía. La verdad es que le quedaba a él mejor que a mí. Sho siempre le decía: “ese culo te puede dar de comer, Carlos”. Dicen las malas lenguas que con él se financió un libro que tardó como treinta años en escribir. Esas mismas lenguas también dicen que ese modo tan antinatural de hacer dinero vendría de sus años como ayudante en la mercería de su madre. Incluso dicen que tenía pilcha de mina. Sho no puedo dar fe ni de lo uno ni de lo otro. Quizás sean sólo habladurías. Y si lo supiera tampoco lo diría, por respeto a él, vistes. A la gente le encanta hablar. Pero que tenía una gashina de los huevos de oro ahí atrás, la tenía. Lo cierto es que a Carlos le gustaban las mujeres, por lo menos mientras sho lo frecuenté. Bueno quién sabe, igual sho no pretendo difamarlo. Aunque no vería nada de malo en que le gustaran los hombres, no me malinterpretés, che. El culo es una fuente de placer tan digna como cualquier otra. ¡Qué te lo voy a decir a vos! Vos tenés facha de ser una mina sin prejuicios. Pero, sí, volvamos a Carlos... Todavía siento cariño cuando pienso en él. Convivimos tres meses. Pero un buen día me enteré de que me engañaba, saqué todas mis cosas de su casa y me tomé el palo. Me volví a vivir a Buenos Aires, con mi mamá. La tanga se la dejé, después de todo parecía hecha para él; creeme si te digo que le quedaba calcada.




1 ¿Mera casualidad que el dialéctico de Stuttgart también haya elegido justamente ese término para dar título a su obra mayor? Ciertamente no; ciertas mentes, como la del “Filósofo en pantuflas”, aseguran que no (Nota de la sección Misceláneas de la Revista Bolaño).

lunes, 16 de septiembre de 2013

Capítulo 3




A pesar de todo, cual Sísifo empecinado en alcanzar la cima a como diere lugar, Carlos se calzó su piedra al hombro y se aprestó a reemprender la marcha. Tuvo que hacerse cargo del negocio de su “santa madre” (sic), cuando ésta los abandonó a él y a su padre para fugarse con su amante –el supuesto cliente habitual de la mercería, 24 años menor– a Tierra del Fuego, y no volver a dar nunca más señales de vida. El negocio tuvo que ser remodelado in toto, ya que la mercería no era –in rigor veritas– más que una pantalla del prostíbulo que regenteaba, atendía y limpiaba –primero sola, finalmente con la ayuda de su hijo único– la señora de Tenenbaum. Carlitos, tras la desaparición de su madre, y con 38 años recién cumplidos, se propuso destinar una parte de sus ahorros personales para remodelar el local de la calle Pellegrini al 1200 recién heredado, y realizar póstumamente el sueño de su abuela de erradicar de una vez por todas el prostíbulo clandestino –que funcionaba hacía ya cinco generaciones y que pasaba de madre a hija– y emplazar una verdadera mercería hecha y derecha, “con hilos de todos colores, telas de distintos géneros, agujas de verdad y toda clase de artículos de costura y tejido”1.

Quizás éste sea el momento para aclarar que Carlos fue el primer hombre de la familia no sólo en trabajar en ella, sino incluso en entrar a la falsa mercería. La existencia del prostíbulo había sido sistematicamente ocultada a los hombres Tenenbaum y convenientemente disimulada con la argucia de un ardiente fervor religioso por parte de las mujeres del clan, de cuya asistencia perfecta a misa de 9:00 hs. la famalia Tenenbaum siempre pudo jactarse con el mayor de los derechos. Pero Carlos era hijo único y ya desde pequeño se vio obligado a asumir el relevo tanto de los roles masculinos como de los femeninos. Algunos rumores incluso llegan a afirmar que Carlos alternaría un guardarropa masculino con otro femenino.

En el perfil de facebook de Carlos Tenenbaum a cuyo círculo de amistad tenemos el honor de pertenecer, sólo pueden verse cuatro fotos. En una, aparece Carlos de frente, de impecable saco a cuadros, camisa a rayas y corbata a lunares. En otras dos se nos presenta de perfil, en la primera de ellas en bermudas celeste, haciendo footing por el Parque San Martín; en la otra, con un suéter escote en “v”, víctima de algún que otro ataque polillesco, y un helado en la mano derecha. En la cuarta imagen que completa la serie de fotos de perfil, aparece Carlos a los 27 años aproximadamente –si los cálculos de la sección de contabilidad de la revista son correctos– de camisa blanca y jean con la bragueta abierta, acompañado de su madre. La foto ha sido intitulada, supuestamente por el maestro mismo: “Yo, mi canario y la puta madre que no me parió”. En las cuatro fotos podemos ver a Carlos vestido como todo un hombrecito, lo que prima facie refutaría los rumores sobre su travestismo. Sin embargo, algunas fuentes aseguran que Carlos no es justamente lo que se dice un amigo de la Internet, y otras, que el Santo de la pluma es, lisa y llanamente, un completo ignorante en materia informática. Unos y otros coinciden en que se trataría de un perfil apócrifo con el claro propósito de difamar a nuestro prohombre de las letras, hipótesis ésta que podría inducirse a partir del último posteo que leemos en su perfil: “Carlos Tenenbaum es un reberendo (sic) pelotudo”. Pero dejemos éste y otros interrogantes para ser aclarados por el mismo Tenenbaum, ya que tuvimos el privilegio de conseguir una cita para entrevistarlo próximamente.

Hablemos, finalmente, sobre la tarea que le hubo tocado en suerte a nuestro autor dentro del variopinto mundo de las letras. Qué se diga ya, sin tantas dilaciones: Carlos Tenenbaum colecciona oxímoron. Lleva siempre consigo “un cuaderno azul Rivadavia de 200 hojas dividido en 27 secciones, cada una correspondiente a cada letra del abecedario –como él mismo nos aclara–”. Cuando alguna sección se queda sin espacio para más, Carlos cambia el cuaderno por uno nuevo de idénticas características. Los distintos cuadernos parecen todos el mismo. Y por afuera son todos iguales, a excepción del lomo que lleva una etiqueta autoadhesiva con su correspondiente número. Con respecto a su contenido, algunas palabras, expresiones o giros los ha recogido en la calle, otros los ha recopilado hojeando revistas o libros, e incluso ojeando programas televisivos. Algunos son de cuño propio. Otros no. Dejemos que Carlos nos cuente cómo empezó su hoy vasta colección:



Carlos Tenenbaum. Comedor de su casa de la calle Almirante Brown al 1800. 20 de julio de 2012: Recuerdo, joven, que la idea se me ocurrió consultando un diccionario. Pero realmente no recuerdo qué palabra estaba buscando. El hecho, joven, es que soy muy curioso, por lo que cuando abro un diccionario me demoro en cada hoja que se presenta... digamos, azarosamente frente a mí, ya que me detengo sin proponérmelo en cualquier palabra y no puedo evitar leer su definición para subsanar parte de mi vasta ignorancia. Esta inconstancia, que a primera vista se presenta como una debilidad mía y que pronto usted verá que no es digna de tal denominación, me conduce, muchas veces, a apartarme de mi objetivo inicial (conocer la definición de una palabra en particular), ya que suelo encontrar, en la entrada que demoró mi atención, algún otro término cuyo significado también desconozco, circunstancia ésta que me fuerza a ir en busca de esa nueva palabra y, en este nuevo proceso heurístico, por llamarlo de alguna manera, volver a detenerme en otras páginas y toparme con nuevos términos por mí desconocidos, lo que me obliga a abortar la última búsqueda e inmediatamente atender a un nuevo objetivo... digamos, autoimpuesto por mí, pero de manera autónoma, claro está.

Este hábito de mi más tierna infancia, con el tiempo elevado a modus operandi, no lo he abandonado nunca. Debo confesarle, joven, que al principio vagaba de palabra en palabra como náufrago al capricho del dios Eolo. Con el tiempo, en cambio, pude ir afirmándome en algún que otro término conocido para no ahogarme en el mar de mi ignorancia. Digamos que esas palabras conocidas funcionaban a la manera de maderos que me permitían permanecer a flote, o, si a usted le parece mejor, ir saltando de significante en significante sin zozobrar en el vasto océano de los significados. Digamos que el diccionario era mi chaleco salvavidas. Aunque en este caso, bueno, digamos, el chaleco mismo contendría los maderos que me hacían flotar y también, por qué no, las piedras que me mandaban a pique, por llamar de alguna manera a las palabras desconocidas. ¡Esas son las más perras! Pero, a ver... Déjeme pensar un momentito... Sí, claro, las piedras serían, en realidad, madera petrificada (eso es) que, una vez conocido su significado, por obra y gracia de la memoria se despetrificaban, digamos, y entonces yo podía ahora aferrarme a ellas... Ya no sé si tiene sentido lo que le estoy diciendo, joven. La metáfora es un arma de doble filo, ¿vio? Bueno, ¿a qué venía todo esto? Ah, sí, el diccionario. El diccionario, al principio, era un terreno completamente desconocido para mí. Con el tiempo, de tanto ir y venir por sus páginas, terminé reconociendo cada uno de sus recovecos. Como verá, mi aparente inconstancia terminó por dar sus frutos. Y hoy, a treinta y cinco años de la decisión, trascendental en mi vida, de no cejar jamás en mi empeño por catapultarme a las altas cimas del academicismo, con el solo mecanismo, a la vez arrojador y arrojadizo, digamos, de mi inconstancia, puedo decir, con orgullo, que supe hacer de una debilidad una virtud. Y lo denomino de esta manera, estimado joven, porque mi inconstancia me ha arrojado, y en el proceso se ha arrojado a ella misma conmigo, al éxito, en general; al reconocimiento académico, en particular; y a las puertas de la Editorial Vox, en singular.

“Metodología de aprendizaje azaroso” o “Metodología azarosa de aprendizaje” es como he dado en llamar a este procedimento por mí casualmente inventado. Aunque si bien usted lo mira, joven, no he inventado nada, pues no es otra cosa que el método mismo utilizado por los niños en su transcurrir por la niñez. Es al pedo (como decía mi padre), hay que volver a la naturaleza si uno quiere hacer las cosas de la mejor manera posible o, en su defecto, de la manera más natural posible. Lo que natura non da... ¿En qué estaba, joven? Ah, sí, gracias. Le decía que todo empezó una tarde en la que yo buscaba una palabra (no recuerdo ciertamente cuál) en mi Diccionario Vox de la Lengua Castellana, edición de 1834, que hube heredado de mi padre (Dios lo tenga en su santa gloria)... Decía, que hube heredado en los dulces años de mi primera infancia. Buscando esa palabra hoy olvidada, me demoré en otras hasta toparme con un término que me desconcertó hasta el tuétano. La palabra en cuestión era, justamente, “oxímoron”. Le juro que en mi puta, y en aquel entonces corta vida, había escuchado esa palabra. Se trata, sin lugar a dudas, de un neologismo, pensé (por lo menos en lo que a mi humilde bagaje terminológico respecta, digamos). Primero que nada... Por cierto que mi método pedagógico no carece del uso de hipótesis, que tanto progreso ha traido aparejado en las ciencias, joven. Al margen confieso que estuve tentado de decir "no adolece de". Como usted sabrá, joven (y usted tiene apariencia de persona culta) el buen uso del castellano exige el giro “carecer de” y no el popular y erróneo (adjetivos que tienden a cierta adyacencia) “adolecer de”. Bien, ¿en qué estaba? Ah, sí. Oxímoron. Primero que nada, digo, supuse que se trataba de algún pájaro exótico o algún pimiento, tal vez, de tamaño más bien pequeño y de color más bien rojizo. No sé por qué, pero le juro que pensé eso. Fíjese usted cuál no fue mi sorpresa, joven, al constatar que mi hipótesis primigenia de trabajo caía, cual ambarino líquido excrementicio describiendo una erronea trayectoria (como quien dice), fuera del tacho.

La primer entrada de mi humilde Enciclopedia de Oxímoron (confieso que cuando tuve la idea de titularla casi le pongo “de Oximorones”, craso error del que fui rescatado a tiempo por mi docto amigo e insustituible asistente, Don Mauricio Fernández, que tuvo la fortuna de asistir unos meses a un Terciario de Lengua y Literatura en Eugenio Bustos, magna insitución ésta que lo benefició de por vida con un fina capacidad de maniobra por los escabrosos terrenos de la lengua castellana). ¿En qué estaba? Ah, sí, disculpe que a veces me vaya un poco por las ramas, joven. Le decía que la primera entrada de mi humilde Enciclopedia de Oxímoron (como finalmente di en llamarla), primera en orden cronológico de plasmación, y no en orden alfabético de ordenamiento, claro está, fue, justamente, la palabra “oxímoron”. Sí, lo recuerdo muy bien. Ah, ¡qué promesas auguraban esas ocho letras escritas con tinta azul en un cuaderno Rivadavia de 200 hojas, encuadernado con papel araña también azul!

La Enciclopedia fue completándose poco a poco (escribir una enciclopedia no es moco de pavo). Luego de aquella primera palabra, copié (no se hable aquí de plagio) los ejemplos con que mi honorable Diccionario Vox de la Lengua Castellana, edición de 1834, ilustraba la entrada susodicha. A ver, por aquí las tengo anotadas. Espéreme un momentito, joven... Por aquí deben de estar. Sí, aquí están. Lo que pasa es que soy un sentimental y llevo estas cosas siempre conmigo... “Silencio atronador”, “instante eterno”... Estos fueron mis primeros oxímoron. El resto del material para mi opera prima lo fui recolectando pacientemente a lo largo de mi vida, mi propia fenomenología personal del espíritu, versión de bolsillo del hegeliano Volkgeist, encarnado por quien le habla, en persona.



1No hemos conseguido ubicar el paradero –por evitar el barbarismo “salidero”– de esta cita perdida. Podría tratarse de una referencia apócrifa de cuño del autor (Nota del Editor).

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Capítulo 2





Aquella misma mañana, Carlos Tenenbaum supo que la suerte definitivamente se había empecinado en joderle la vida. Su madre se iba con su mejor cliente y le dejaba de regalo el negocio, junto con la obligación de hacerse cargo de él para poder mantener a su padre. Su proyecto de dedicarse tan sólo unos meses a la mercería hasta poder juntar el dinero necesario para internarse uno o dos años a escribir se iba a pique, destino éste que en aquel momento deseó para el barco de los amantes fugitivos.

La carnicería siempre había dado pérdida, pero la señora de Tenenbaum y su hijo no habían querido nunca destrozar la ilusión de su padre confesándole que los clientes se aprovechaban de su ceguera para engañarlo en las transacciones comerciales, haciéndo pasar un billete de diez –cuando no un simple papel– por uno de cincuenta, por ejemplo. Carlos pensó en su padre y se puso triste. ¿Cómo le diría lo de su madre? Y también pensó en sí mismo y en cómo haría para realizar un proyecto que ya parecía imposible. Recordó entonces una escena vivida con su padre muchos años atrás.

Carlos había aprendido una valiosa lección de vida que jamás olvidaría, cuando allá por 1950, su padre, cuchillo en mano, una vez le había dicho: “En el fondo –y cuando decía “fondo”, lo decía en sentido literal–, no somos más que vísceras, Carlitos. Si uno escarba en el interior de un ser humano, encuentra lo mismo que un carnicero como yo encuentra cada día al descuartizar las vacas que acaban de llegar del matadero: corazón, hígado, chinchulines, mollejas. ¿Sabés cuál es la única diferencia entre un hombre y una vaca? –le preguntó blandiendo en alto su cuchillo con el filo manchado de rojo–”. Después de un silencio sostenido de su hijo –que Don Bautista Tenenbaum, alias “el Bate”, interpretó como de respeto, pero que en realidad se debía a la impresión que habían causado en el pequeño Carlos las crudas palabras de su padre acompañadas cada vez del zarandeo de la víscera nominada– le respondió sabiamente el carnicero de mirada penetrante, que uno podía falsamente suponer detrás de sus gafas oscuras: “Que las vacas tienen seso y nosotros cerebro, Carlitos. Los sesos no sirven más que para guiar a una vaca en busca de los mejores pastos, y bueno..., también para ser preparados en ensalada fría con vinagre, perejil y cebollita picada fina, o a lo sumo en croquetas, que tan bien hacía mi santa madre –Dios la tenga en su gloria–. El cerebro, en cambio, sirve para tener ideas y escribir libros, hijo, libros que nunca pude aprender a leer porque tuve que empezar a trabajar desde muy pequeño cuando mi padre murió”. Don Bautista, después de haber dicho estas palabras, se limpió las manos en su delantal blanco estampado de manchas rojas, tomó el bastón blanco que siempre dejaba apoyado en la pared detrás de la moledora de carne, le tendió la derecha a Carlitos y lo condujo hasta su pieza para mostrarle los libros que había heredado de su padre, es decir, del abuelo del futuro hombre de letras. “Ahora son tuyos, hijo. Tenés que aprender a leer y a usar este cerebro que te distingue de las vacas”. Carlitos quedó muy impresionado por las palabras de su padre y, quizás ya ese mismo día, decidió que alguna vez escribiría él tambien un libro y se lo dedicaría a su padre. Así fue como desde muy pequeño se lo podía ver siempre con libros en la mano, especialmente con un Diccionario de la Real Academia Española de fines del siglo pasado, del que ya no se desprendería nunca, y cuya importancia en el relato el Lector pronto advertirá. Desde aquel momento había optado, aún sin ser plenamente consciente de ello, por el sinuoso y solitario camino de la autodidáctica, que ya nunca abandonaría.

Pero Carlos Tenenbaum parecía meado por el mismo Zeus porque el destino aún le deparaba dos nuevas desgracias. De las tres primeras ya fue informado el lector en tiempo y forma. La cuarta1–literalmente lo esperaba a la vuelta de la esquina, más especificamente en la casa de un amigo del barrio: “el Mariano de la vuelta”, sito en la calle Amengual. La familia de este tal Mariano ostentaba un Impala modelo 1936 de color azul mar –más bien tirando a mar Caribe–. Cierto día en que Carlitos se aprestaba a visitar a su entrañable amigo, quizás para ahogar en compañía y con Hesperidina las recientes penas, el padre del Mariano fracasaba en su intento de anganchar su amado auto a la Ford F100 de un vecino para remolcarlo hasta un taller cercano. Quiso la suerte –en rigor de verdad, la mala suerte– que Carlos recibiera la cuarta de remolque –luego de que el señor “de la vuelta” la sacudiera peligrosamente, dando así rienda suelta a su enfado– en plena mano derecha, extremidad ésta que dedicaba al delicado ejercicio de la escritura y a las no menos respetables y solitarias artes autoamatorias. Un mes debió permanecer Carlos Tenenbaum con la mano diestra enyesada sin poder tocar un lápiz ni ninguna otra cosa. Sus vanos intentos de satisfacer sus dos pasiones juveniles con la zurda no lograron enderezar el desviado rumbo que ya habían tomado sus asuntos.



1En este punto del relato descubrimos que este cuarto obstáculo no condice con aquello que el autor nos había adelantado en el capítulo anterior. La interrupción de la que aquí se nos habla no se debe a “motivos de índole estríctamente ocupacional” (Nota del Editor).