Carlos
María Altamirano, alias “Filósofo de Villa Hipódromo”, alias
“Filósofo en pantuflas”. Minibar de su casa. 22 de enero de
2013: “Crecido
en una familia pequeñísimoburguesa que tuvo que valerse de sus
propios medios para lograr la hazaña de ascender socialmente desde
los últimos peldaños de una 'clase baja alta' a los primerísimos
escalones de la apenas menos desacomodada 'clase media baja'
mendocina, Carlos supo mamar, ya desde muy pequeño, el valor de la
responsabilidad y la idea del hombre como selfmade-man,
junto con la leche materna. En el caldo de cultivo de una sociedad
conservadora e hipócrita, brota la familia Tannenbaum como por
generación espontánea”. ¿Gusta un trago? Yo sí me voy a servir
un güisquisito, si me permite. ¿Por dónde iba? Ah, sí, por aquí:
“Último vástago de la familia Tannenbaum, Carlos es un intento
pseudo-hegeliano por consumar el fin de la familia, asumiendo en su
propio ser las contradicciones internas del clan familiar”. Tengo
aquí algunas claves para justificar la hipótesis anterior. Uno: “A
sus 71 años, Carlos Tannenbaum permanece soltero y sin hijos, y ni
siquiera se le conoce mujer alguna. Como todas las evidencias nos
permiten concluir, Carlos Tannenbaum ha hecho del celibato un modo de
vida: por lo menos en este aspecto asume la proverbial castidad de
las mujeres Tannenbaum”. Dos: Dígame, lógicamente, ¿qué es un
oxímoron? Un oxímoron es una contradicción, hombre. No es casual
que Carlos haya dedicado su vida a recolectar contradicciones. Su
vida no ha sido más que eso. Pero si bien se lo ve, un oxímoron no
es meramente una contradicción o no es una contradicción
cualquiera. Escuche esto: “Un oxímoron no es, como a primera vista
podríamos ingenuamente pensar, una díada de dos términos
contrapuestos como blanco-negro o alto-bajo, sino que es una tríada
compuesta por una tesis, una antítesis y –lo que hace que
un oxímoron sea lo que es y no meramente una contradicción carente
de sentido– una síntesis de ambas”. ¿Seguro que no quiere un
güisquisito? A mí se me seca la garganta, por eso... ¿Por dónde iba? Sí...
“La síntesis amalgama en una unidad de sentido lo que de otra
manera serían dos términos contrapuestos y tan insolubles entre sí
como el agua y el aceite”. Este güisqui está muy bueno,
realmente. ¿Seguro que no gusta?.. A ver, ¿cómo le explico? Un
oxímoron es una mayonesa, la mezcla misma de lo inmiscible. La
emulsificación de dos términos contradictorios, como el agua y el
aceite, produce lo que parecía imposible: una emulsión, en nuestro
caso, de términos. El oxímoron es una mayonesa de antónimos, si me
permite. Tanto hablar de mayonesa me ha despertado el apetito. Además
el güisqui puro se me sube rápido a la cabeza si no lo rebajo con
algo sólido. Si me disculpa voy a traer unas aceitunitas y un poco
de queso. Mire, querido amigo, el clan Tannenbaum funciona como un
matriarcado encubierto, en el cual los hijos heredan el apellido
materno. El verdadero apellido de Carlos, por cierto, no es
Tenenbaum, sino Tannenbaum, que significa “abeto” en alemán.
Sucede que allá por mil ochocientos y pico, durante la primera ola
inmigratoria, que yo prefiero llamar tsunami inmigratorio por las
proporciones que asumió... Durante el primer tsunami inmigratorio
argentino, digo, la familia Tannenbaum sufrió una alteración en su
apellido, por la proverbial inoperancia del personal de los registros
civiles de aquel entonces, inoperancia que ha sido salvada en parte
por la profesionalización del personal administrativo de los registros civiles de la Nación. Esto que le
digo, mientras me sirvo otro güisquisito, mi querido amigo, no es un
dato inferior a la hora de analizar la peculiar personalidad de
Carlos Tannenbaum, porque “abeto” también se dice “Fichte” en alemán,
el nombre del centroforward del idealismo alemán, el eslabón,
perdido para la memoria popular, que unió a Kant y Hegel. Eslabón,
bien digo, de una férrea cadena que sólo pudo romper el gran Karl
Marx con su martillo, mientras Engels lo asistía con la hoz. ¿Qué
quiero decir con esto? Pues que Tannenbaum es el Kant, el Fichte y el
Hegel, la santísima trinidad del idealismo alemán, pero de nuestras
tierras. Y todo en uno. ¿Por qué lo que allá fue tres, acá es
uno?, me preguntará usted. Argucias de la Razón, Razón con
mayúsculas, responderé yo: misterios insondables para la razón,
razón esta vez con minúsculas. Yo, en cambio, le pregunto a él y a
usted, y ya que estoy me pregunto a mí mismo: ¿por qué la Razón habría de
replicar la tríada germana en estos lares? ¿Qué necesidad tendría de hacerlo? Y, si
usted me permite, mientras me sirvo otro vasito, te respondo, hermano
querido. ¿No te molesta que te tutée? Te respondo a vos, pero
también me respondo a mí mismo: que aquello fuera tres tuvo sentido
en aquel entonces pero ya no lo tiene. Pues lo que alguna vez fue,
para la Razón es y seguirá siendo siempre. Nada se pierde para la
muy guacha. Eso salta a la vista si uno es capaz de trascender la
miopía del sentido común y adentrarse lisa y llanamente en los
terrenos de la especulación filosófica. Una vez desplegados los
tres momentos, las dos tesis y su superación, lo que era trino se
cristaliza como mónada, una mónada que un buen día despega en Jena
o en Berlín o dónde carajo sea, y un tiempo después aterriza donde
se le canta la regalada gana. En nuestro caso, en Mendoza. Así es,
hermano, como la antorcha de la ciencia filosófica pasa de Alemania
a Mendoza. Esta botella se me está acabando, pero tengo otra por
algún lugar. Espérese un momentito. Yo sabía que por ahí andaba.
¿Seguro que no querés...?
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