lunes, 23 de septiembre de 2013

Capítulo 6




Carlos María Altamirano, alias “Filósofo de Villa Hipódromo”, alias “Filósofo en pantuflas”. Minibar de su casa. 22 de enero de 2013: “Crecido en una familia pequeñísimoburguesa que tuvo que valerse de sus propios medios para lograr la hazaña de ascender socialmente desde los últimos peldaños de una 'clase baja alta' a los primerísimos escalones de la apenas menos desacomodada 'clase media baja' mendocina, Carlos supo mamar, ya desde muy pequeño, el valor de la responsabilidad y la idea del hombre como selfmade-man, junto con la leche materna. En el caldo de cultivo de una sociedad conservadora e hipócrita, brota la familia Tannenbaum como por generación espontánea”. ¿Gusta un trago? Yo sí me voy a servir un güisquisito, si me permite. ¿Por dónde iba? Ah, sí, por aquí: “Último vástago de la familia Tannenbaum, Carlos es un intento pseudo-hegeliano por consumar el fin de la familia, asumiendo en su propio ser las contradicciones internas del clan familiar”. Tengo aquí algunas claves para justificar la hipótesis anterior. Uno: “A sus 71 años, Carlos Tannenbaum permanece soltero y sin hijos, y ni siquiera se le conoce mujer alguna. Como todas las evidencias nos permiten concluir, Carlos Tannenbaum ha hecho del celibato un modo de vida: por lo menos en este aspecto asume la proverbial castidad de las mujeres Tannenbaum”. Dos: Dígame, lógicamente, ¿qué es un oxímoron? Un oxímoron es una contradicción, hombre. No es casual que Carlos haya dedicado su vida a recolectar contradicciones. Su vida no ha sido más que eso. Pero si bien se lo ve, un oxímoron no es meramente una contradicción o no es una contradicción cualquiera. Escuche esto: “Un oxímoron no es, como a primera vista podríamos ingenuamente pensar, una díada de dos términos contrapuestos como blanco-negro o alto-bajo, sino que es una tríada compuesta por una tesis, una antítesis y lo que hace que un oxímoron sea lo que es y no meramente una contradicción carente de sentido una síntesis de ambas”. ¿Seguro que no quiere un güisquisito? A mí se me seca la garganta, por eso... ¿Por dónde iba? Sí... “La síntesis amalgama en una unidad de sentido lo que de otra manera serían dos términos contrapuestos y tan insolubles entre sí como el agua y el aceite”. Este güisqui está muy bueno, realmente. ¿Seguro que no gusta?.. A ver, ¿cómo le explico? Un oxímoron es una mayonesa, la mezcla misma de lo inmiscible. La emulsificación de dos términos contradictorios, como el agua y el aceite, produce lo que parecía imposible: una emulsión, en nuestro caso, de términos. El oxímoron es una mayonesa de antónimos, si me permite. Tanto hablar de mayonesa me ha despertado el apetito. Además el güisqui puro se me sube rápido a la cabeza si no lo rebajo con algo sólido. Si me disculpa voy a traer unas aceitunitas y un poco de queso. Mire, querido amigo, el clan Tannenbaum funciona como un matriarcado encubierto, en el cual los hijos heredan el apellido materno. El verdadero apellido de Carlos, por cierto, no es Tenenbaum, sino Tannenbaum, que significa “abeto” en alemán. Sucede que allá por mil ochocientos y pico, durante la primera ola inmigratoria, que yo prefiero llamar tsunami inmigratorio por las proporciones que asumió... Durante el primer tsunami inmigratorio argentino, digo, la familia Tannenbaum sufrió una alteración en su apellido, por la proverbial inoperancia del personal de los registros civiles de aquel entonces, inoperancia que ha sido salvada en parte por la profesionalización del personal administrativo de los registros civiles de la Nación. Esto que le digo, mientras me sirvo otro güisquisito, mi querido amigo, no es un dato inferior a la hora de analizar la peculiar personalidad de Carlos Tannenbaum, porque “abeto” también se dice “Fichte” en alemán, el nombre del centroforward del idealismo alemán, el eslabón, perdido para la memoria popular, que unió a Kant y Hegel. Eslabón, bien digo, de una férrea cadena que sólo pudo romper el gran Karl Marx con su martillo, mientras Engels lo asistía con la hoz. ¿Qué quiero decir con esto? Pues que Tannenbaum es el Kant, el Fichte y el Hegel, la santísima trinidad del idealismo alemán, pero de nuestras tierras. Y todo en uno. ¿Por qué lo que allá fue tres, acá es uno?, me preguntará usted. Argucias de la Razón, Razón con mayúsculas, responderé yo: misterios insondables para la razón, razón esta vez con minúsculas. Yo, en cambio, le pregunto a él y a usted, y ya que estoy me pregunto a mí mismo: ¿por qué la Razón habría de replicar la tríada germana en estos lares? ¿Qué necesidad tendría de hacerlo? Y, si usted me permite, mientras me sirvo otro vasito, te respondo, hermano querido. ¿No te molesta que te tutée? Te respondo a vos, pero también me respondo a mí mismo: que aquello fuera tres tuvo sentido en aquel entonces pero ya no lo tiene. Pues lo que alguna vez fue, para la Razón es y seguirá siendo siempre. Nada se pierde para la muy guacha. Eso salta a la vista si uno es capaz de trascender la miopía del sentido común y adentrarse lisa y llanamente en los terrenos de la especulación filosófica. Una vez desplegados los tres momentos, las dos tesis y su superación, lo que era trino se cristaliza como mónada, una mónada que un buen día despega en Jena o en Berlín o dónde carajo sea, y un tiempo después aterriza donde se le canta la regalada gana. En nuestro caso, en Mendoza. Así es, hermano, como la antorcha de la ciencia filosófica pasa de Alemania a Mendoza. Esta botella se me está acabando, pero tengo otra por algún lugar. Espérese un momentito. Yo sabía que por ahí andaba. ¿Seguro que no querés...?

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