Carlos
no asistió a la segunda cita, pactada aquel mismo día para la
semana siguiente. No contestó más el teléfono ni a la puerta de su
petit hotel de la calle Almirante Brown al 1800 de Godoy Cruz.
Habíamos perdido la huella del misterioso Carlos Tenenbaum, que
tanto nos había costado ubicar. ¿Cómo daríamos con él si no se
dignaba a atender el teléfono ni el timbre de su casa –o incluso a
permanecer en ella–? Sólo teníamos un nombre que había deslizado
Don Carlos en la entrevista: Mauricio Fernández, su supuesto
ayudante, el ex estudiante de letras del Valle de Uco. Partimos,
entonces, a la busca del tal Mauricio Fernández, “el dotor” para
sus amigos íntimos. Tardamos algunos meses en dar con él, pero
finalmente encontramos su nombre en la guía telefónica (gracias a
la perspicaz aunque tardía sugerencia de nuestro equipo de
producción). Nos contactamos entonces con “el dotor” y quedamos
en encontrarnos en un coqueto bar céntrico de la ciudad de Mendoza.
A partir de la voz del tal Fernández, quien nos había dicho que lo
reconoceríamos por su sombrero alto, nos hicimos inmediatamente una
imagen de hombre culto, de naturaleza más bien melancólica y un
tanto proclive al sentimentalismo. Cuando llegamos, lo reconocimos
inmediatamente por su aire melancólico, pero más que nada por el
sombrero de copa alta. Mientras el mozo se aprestaba a retirar un
pingüino
de vino tinto de
la mesa y reemplazarlo por otro, y sin mediar dilaciones, lo
abordamos con preguntas del tipo: ¿usted es Fernández?, ¿podemos
sentarnos?, ¿cómo dice?, ¿veinte pesos el sifón de soda?, ¿será
posible?
Mauricio
Fernández, alias “el dotor”. Bar Los
dos amigos. 6
de enero de 2013. 23:30 hs.:
Lo ricuerdo como si juera aié. Jue n'el '78, ant'el Mundial. Le ije
“no sea bruto, Carlito, el plural d'osímoron e osímorou
en griego. Si queré osímoru,
a lo sumo. Pero ponele 'd'osímoron', que así quea bien”.
Carlito... ¡qué personaje'se Carlito! Io n'esa época taba tudiando
Filosofía y Letra'n la UNC y taba preparándome pa'ún parcial de
griego. Así que cacé el disionario Iarza, que había sacao n'un
préstamo epecial pal fin de semana, y busqué la palabra: 'osímoron,
osímorou'. Io jui quien le sugirió, ademá, agregá el giro
“mal'ortografía” en su cuaderno, entr'otro mucho. Io lo conocí
acá'n el bar. Trabajáa'e mozo y io era y soy habitué'l lugá, como
verá. Bueno, eso hata que lo rajaron. E' que Carlito tenía la mala
costumbre'e sentarse'n la mesa d'alguno cliente amigo y bue...
descuidáa el trabajo. Y bue, la patronal no se lo perdonó (lo
tenían entre cej'y ceja). Al principio me traía lo que le pedía e
intercambiáamo alguna palabra, náa má. Io siempre venía acá con
un libro y él era muy curioso. Siempre me preguntáa qué'stáa
leiendo. Io le contaba y él tomaba nota'n su libreta e pedido.
Anotáa el nombre'l libro y algún comentario que io l'acía.
Ricuerdo qu'al principio se sentáa en la mesa pa tomá mejor nota.
Después me traía'l pingüino con do vaso y brindáamo a la salú e
la literatura o de Cortázar, o de Kafka, o de Arlt, ia medio mamáo.
Eso hata qu'el jefe lo iamáa y lo retáa por descuidá'l trabajo.
Así nos juimo haciendo amigo entrañable, entre brindi y leturas a
do voce'e Los siete
loco
o La metamorfosi
o Raiuela. Io
a vece le traía alguno osímoron pa su colesión priváa, que pronto
será pública, veo. La verdá que no sabía náa. Hace una bocha que
no lo veo. Dejé e'verlo cuando lo rajaron. No supe más náa d'él.
No tenía su teléfono y bue, dejamo de verno. Vió como'e la vída...
Pero debería
contatarse con Benigno, quizás él pueda darle má información
sobre Carlo y lo manuscrito perdío. Creo que aquí tengo su
teléfono. Tome nota.
El
“dotor” Fernández nos había dado alguna información valiosa
sobre los orígenes de la obra que más pronto que tarde catapultará
a la fama a Don Carlos Tenenbaum, de profesión tanto mercero como
carnicero por los avatares del destino, aunque escritor por libre y
empecinado arbitrio. Así también, nos había proporcionado
información sobre el segundo eslabón de la cadena de amigos del
autor, la que nos permitirá ir reconstruyendo la biografía en cuyos
recovecos pretendemos encontrar los elementos que nos guíen en la
ardua y muchas veces infructífera tarea de hacer salir a la luz el
sentido primigenio de una obra de arte, sentido tantas veces
desvirtuado por la tan lamentable deriva histórica a la que debe
verse arrojada una obra maestra, en su triste condición de
objeto-en-el-mundo. En esta labor de paciente pesquisa nos proponemos
recuperar para el lector el calor de aquel crisol en el que se fueron
fundiendo durante 35 años lo que sus detractores llaman
despectivamente “un mero glosario de contadicciones”, pero que
nosotros valoramos como una opera
magna.
Consideramos que la Enciclopedia1,
so riesgo de anquilosarse en gélidos anaqueles de bibliotecas
destinadas a eruditos, ha de ser templada por medio de un estudio
preliminar que recupere para el lector las calores que participaron
en su concepción, gestación y alumbramiento. A este noble propósito
dedicamos estas páginas que recorren tus ojos, oh Lector.
Partimos,
pues, à la
recherche
del Mariano “de la vuelta” y lo encontramos en su domicilio
particular, el mismo que habitaba hace treinta y cinco años y que
Carlos frecuentaba por aquel entonces.
Mariano
“de la vuelta”, alias "Benigno Böse".
Piscina
de su casa de la calle Amengual al 1600. 7 de enero de 2013:
La cosha fue ashí. Un día eshtábamosh con Carlitosh acá mishmo,
en la Pelopincho tomando unash heshperidinas, y me confeshó: “eshtoy
eshcribiendo un libro, Benigno”. Sho le dije “¡Carlitosh,
hermano... te lo teníash bien guardao, compadre! ¿Cómo nunca me
contashte?” “Esh que lo empeshé anoche, puesh –me dijo–.
Shosh el primero que lo shabe. Bueno, el shegundo en realidad. El
primero fui sho”. Y nos reímosh. ¡Éshte Carlitosh, shiempre tan
jodón! “¿Y cuántash hojas shevásh, shi she puede shaber?”, le
pregunté. “Hashta ahora unas sheish”, me dijo. “¿Sheish en
una shola noche? –le dije–. A ese ritmo en un mesh lo vash a
tener terminado”. Deshpuésh me dijo que no era tan fáshil, que al
prinshipio uno eshcribe mucho y deshpuésh, bueno, como que la
inshpirashión baja y, bueno, she eshcribe menosh. Esho fue hashe...,
dejame penshar..., shí, como treinta y shinco añosh, lo recuerdo
muy bien. Era un día de mucho calor, como hoy. Y losh díash de
calor me inshtalo la ofishina aquí mishmo, en la Pelopincho, como
verásh.
Bueno, esho esh ahora. Sho penshé, te digo la verdad, que en un mesh
o en un año como mucho iba a terminar el libro. Pero le shevó
treinta y shinco añosh escribirlo. Creo que esh un libro shobre
pájaros o algo ashí. No recuerdo muy bien, esho me lo contó hashe
una bocha y nunca másh volvimosh a hablar del tema... Shí, pero
esho me dijo, eshtoy sheguro: un tema de pájarosh. Deshpuésh
hablamosh de otrash coshash. De minash, sheguro, shiempre hablábamosh
de minash. Carlitosh había empeshado a shalir con la Brígida, una
porteñita que eshtaba más buena que veintishinco ashados... ¡Qué
minón la Brígida! En el barrio le deshían 'la Frígida', pero era
másh rápida que no seh qué. Seh fueron a vivir juntosh, pero esha
lo engañaba con todo el barrio..., menosh conmigo, vishte. Sho soy
de fierro. El hecho fue que she shepararon. Esho era cuando la mamá
de Carlosh eshtaba en Mendosha, porque deshpuésh la vieja she tomó
el palo. Pero bueno, esha esh otra hishtoria. ¿Querésh el teléfono
de Brígida? Anotá. Me lo shé de memoria.
Brígida
Horny. Baño de damas de la Estación de Retiro. 9 de enero de 2013:
Qué calor insoportable. Igual, lo que mata es la humedad, ¿vistes?
Eso es lo malo de vivir en Buenos Aires. En Mendoza la cosa es
distinta, ¿no? Linda ciudad, Mendoza, por cierto. Sho tuve un novio
mendocino. Se dedicaba a la industria del vino. Eso de los años que
sho viví ashá. Entre nosotras, jeje, manso muñeco. Creo que eso es
lo que más extranio de Mendoza, jaja. Qué fama tienen los
mendocinos, ¿eh? Bueno, si vos sabrás, nena... Sho lo conocí a
Carlos por intermedio de un amigo en común que vivía en Mendoza. Se
shamaba Mauricio, Mauricio Fernández. Bueno, imagino que seguirá
shamándose así, ¿no? Tamaño medio, pero muy bien. “El dotor”
le decían. Por cierto, hace como cinco años que no lo veo al chabón
ese. No sé si seguirá en Mendoza. Lo voy a buscar en facebook,
quizás lo ubique ahí. En facebook está todo el mundo, vistes.
Carlos... ¿Qué te puedo contar de Carlos? Bueno, sha que estamos
entre mujeres, ¿me permitís que te cuente una intimidad? Carlos era
un tipo muy serio, muy culto. Era muy correcto al hablar. Eso cuando
estaba vestido. Porque en la intimidad era un guarango. Parecía que
junto con la ropa se le iba lo langa. A mí me excitaba eso de él,
imagino que por el contraste, vistes. Carlos no era muy favorecido
por delante, pero te aseguro que tenía el culo más hermoso que sho
hasha visto en mi vida. Me excitaba mucho que se pusiera una tanga
roja que sho tenía. La verdad es que le quedaba a él mejor que a
mí. Sho siempre le decía: “ese culo te puede dar de comer,
Carlos”. Dicen las malas lenguas que con él se financió un libro
que tardó como treinta años en escribir. Esas mismas lenguas
también dicen que ese modo tan antinatural de hacer dinero vendría
de sus años como ayudante en la mercería de su madre. Incluso dicen
que tenía pilcha de mina. Sho no puedo dar fe ni de lo uno ni de lo
otro. Quizás sean sólo habladurías. Y si lo supiera tampoco lo
diría, por respeto a él, vistes. A la gente le encanta hablar. Pero
que tenía una gashina de los huevos de oro ahí atrás, la tenía.
Lo cierto es que a Carlos le gustaban las mujeres, por lo menos
mientras sho lo frecuenté. Bueno quién sabe, igual sho no pretendo
difamarlo. Aunque no vería nada de malo en que le gustaran los
hombres, no me malinterpretés, che. El culo es una fuente de placer
tan digna como cualquier otra. ¡Qué te lo voy a decir a vos! Vos
tenés facha de ser una mina sin prejuicios. Pero, sí, volvamos a
Carlos... Todavía siento cariño cuando pienso en él. Convivimos
tres meses. Pero un buen día me enteré de que me engañaba, saqué
todas mis cosas de su casa y me tomé el palo. Me volví a vivir a
Buenos Aires, con mi mamá. La tanga se la dejé, después de todo
parecía hecha para él; creeme si te digo que le quedaba calcada.
1
¿Mera casualidad que el dialéctico de Stuttgart también haya
elegido justamente ese término para dar título a su obra mayor?
Ciertamente no; ciertas mentes, como la del “Filósofo en
pantuflas”, aseguran que no (Nota de la sección Misceláneas de
la Revista Bolaño).
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