Aquella
misma mañana, Carlos Tenenbaum supo que la suerte definitivamente se
había empecinado
en joderle la vida. Su madre se iba con su mejor cliente y le dejaba
de regalo el negocio, junto con la obligación de hacerse cargo de él
para poder mantener a su padre. Su proyecto de dedicarse tan sólo
unos meses a la mercería hasta poder juntar el dinero necesario para
internarse uno o dos años a escribir se iba a pique, destino éste
que en aquel momento deseó para el barco de los amantes fugitivos.
La
carnicería siempre había dado pérdida, pero la señora de
Tenenbaum y su hijo no habían querido nunca destrozar la ilusión de
su padre confesándole que los clientes se aprovechaban de su ceguera
para engañarlo en las transacciones comerciales, haciéndo pasar un
billete de diez –cuando no un simple papel– por uno de cincuenta,
por ejemplo. Carlos
pensó en su padre y se puso triste. ¿Cómo le diría lo de su
madre? Y también pensó en sí mismo y en cómo haría para realizar
un proyecto que ya parecía imposible. Recordó entonces una escena
vivida con su padre muchos años atrás.
Carlos
había aprendido una valiosa lección de vida que jamás olvidaría,
cuando allá por 1950, su padre, cuchillo en mano, una vez le había
dicho: “En el fondo –y cuando decía “fondo”, lo decía en
sentido literal–, no somos más que vísceras, Carlitos. Si uno
escarba en el interior de un ser humano, encuentra lo mismo que un
carnicero como yo encuentra cada día al descuartizar las vacas que
acaban de llegar del matadero: corazón, hígado, chinchulines,
mollejas. ¿Sabés cuál es la única diferencia entre un hombre y
una vaca? –le preguntó blandiendo en alto su cuchillo con el filo
manchado de rojo–”. Después de un silencio sostenido de su hijo
–que Don Bautista Tenenbaum, alias “el Bate”, interpretó como
de respeto, pero que en realidad se debía a la impresión que habían
causado en el pequeño Carlos las crudas palabras de su padre
acompañadas cada vez del zarandeo de la víscera nominada– le
respondió sabiamente el carnicero de mirada penetrante, que uno
podía falsamente suponer detrás de sus gafas oscuras: “Que las
vacas tienen seso y nosotros cerebro, Carlitos. Los sesos no sirven
más que para guiar a una vaca en busca de los mejores pastos, y
bueno..., también para ser preparados en ensalada fría con vinagre,
perejil y cebollita picada fina, o a lo sumo en croquetas, que tan
bien hacía mi santa madre –Dios la tenga en su gloria–. El
cerebro, en cambio, sirve para tener ideas y escribir libros, hijo,
libros que nunca pude aprender a leer porque tuve que empezar a
trabajar desde muy pequeño cuando mi padre murió”. Don Bautista,
después de haber dicho estas palabras, se limpió las manos en su
delantal blanco estampado de manchas rojas, tomó el bastón blanco
que siempre dejaba apoyado en la pared detrás de la moledora de
carne, le tendió la derecha a Carlitos y lo condujo hasta su pieza
para mostrarle los libros que había heredado de su padre, es decir,
del abuelo del futuro hombre de letras. “Ahora son tuyos, hijo.
Tenés que aprender a leer y a usar este cerebro que te distingue de
las vacas”. Carlitos quedó muy impresionado por las palabras de su
padre y, quizás ya ese mismo día, decidió que alguna vez
escribiría él tambien un libro y se lo dedicaría a su padre. Así
fue como desde muy pequeño se lo podía ver siempre con libros en la
mano, especialmente con un Diccionario
de la Real Academia Española
de fines del siglo pasado, del que ya no se desprendería nunca, y
cuya importancia en el relato el Lector pronto advertirá. Desde
aquel momento había optado, aún sin ser plenamente consciente de ello, por
el sinuoso y solitario camino de la autodidáctica, que ya nunca
abandonaría.
Pero
Carlos Tenenbaum parecía meado por el mismo Zeus porque el destino
aún le deparaba dos nuevas desgracias. De las tres primeras ya fue
informado el lector en tiempo y forma. La cuarta1–literalmente– lo esperaba a la
vuelta de la esquina, más especificamente en la casa de un amigo del
barrio: “el Mariano de la vuelta”, sito en la
calle Amengual.
La familia de este tal Mariano ostentaba un Impala modelo 1936 de
color azul mar –más bien tirando a mar Caribe–. Cierto día en
que Carlitos se aprestaba a visitar a su entrañable amigo, quizás
para ahogar en compañía y con Hesperidina las recientes penas, el
padre del Mariano fracasaba en su intento de anganchar su amado auto
a la Ford F100 de un vecino para remolcarlo hasta un taller cercano.
Quiso la suerte –en rigor de verdad, la mala suerte– que Carlos
recibiera la cuarta de remolque –luego de que el señor “de la
vuelta” la sacudiera peligrosamente, dando así rienda suelta a su
enfado– en plena mano derecha, extremidad ésta que dedicaba al
delicado ejercicio de la escritura y a las no menos respetables y
solitarias artes autoamatorias. Un mes debió permanecer Carlos
Tenenbaum con la mano diestra enyesada sin poder tocar un lápiz ni
ninguna otra cosa. Sus vanos intentos de satisfacer sus dos pasiones
juveniles con la zurda no lograron enderezar el desviado rumbo que ya
habían tomado sus asuntos.
1En este punto del relato descubrimos que este cuarto obstáculo no condice con aquello que el autor nos había adelantado en el capítulo anterior. La interrupción de la que aquí se nos habla no se debe a “motivos de índole estríctamente ocupacional” (Nota del Editor).
1En este punto del relato descubrimos que este cuarto obstáculo no condice con aquello que el autor nos había adelantado en el capítulo anterior. La interrupción de la que aquí se nos habla no se debe a “motivos de índole estríctamente ocupacional” (Nota del Editor).
No hay comentarios.:
Publicar un comentario