miércoles, 11 de septiembre de 2013

Capítulo 2





Aquella misma mañana, Carlos Tenenbaum supo que la suerte definitivamente se había empecinado en joderle la vida. Su madre se iba con su mejor cliente y le dejaba de regalo el negocio, junto con la obligación de hacerse cargo de él para poder mantener a su padre. Su proyecto de dedicarse tan sólo unos meses a la mercería hasta poder juntar el dinero necesario para internarse uno o dos años a escribir se iba a pique, destino éste que en aquel momento deseó para el barco de los amantes fugitivos.

La carnicería siempre había dado pérdida, pero la señora de Tenenbaum y su hijo no habían querido nunca destrozar la ilusión de su padre confesándole que los clientes se aprovechaban de su ceguera para engañarlo en las transacciones comerciales, haciéndo pasar un billete de diez –cuando no un simple papel– por uno de cincuenta, por ejemplo. Carlos pensó en su padre y se puso triste. ¿Cómo le diría lo de su madre? Y también pensó en sí mismo y en cómo haría para realizar un proyecto que ya parecía imposible. Recordó entonces una escena vivida con su padre muchos años atrás.

Carlos había aprendido una valiosa lección de vida que jamás olvidaría, cuando allá por 1950, su padre, cuchillo en mano, una vez le había dicho: “En el fondo –y cuando decía “fondo”, lo decía en sentido literal–, no somos más que vísceras, Carlitos. Si uno escarba en el interior de un ser humano, encuentra lo mismo que un carnicero como yo encuentra cada día al descuartizar las vacas que acaban de llegar del matadero: corazón, hígado, chinchulines, mollejas. ¿Sabés cuál es la única diferencia entre un hombre y una vaca? –le preguntó blandiendo en alto su cuchillo con el filo manchado de rojo–”. Después de un silencio sostenido de su hijo –que Don Bautista Tenenbaum, alias “el Bate”, interpretó como de respeto, pero que en realidad se debía a la impresión que habían causado en el pequeño Carlos las crudas palabras de su padre acompañadas cada vez del zarandeo de la víscera nominada– le respondió sabiamente el carnicero de mirada penetrante, que uno podía falsamente suponer detrás de sus gafas oscuras: “Que las vacas tienen seso y nosotros cerebro, Carlitos. Los sesos no sirven más que para guiar a una vaca en busca de los mejores pastos, y bueno..., también para ser preparados en ensalada fría con vinagre, perejil y cebollita picada fina, o a lo sumo en croquetas, que tan bien hacía mi santa madre –Dios la tenga en su gloria–. El cerebro, en cambio, sirve para tener ideas y escribir libros, hijo, libros que nunca pude aprender a leer porque tuve que empezar a trabajar desde muy pequeño cuando mi padre murió”. Don Bautista, después de haber dicho estas palabras, se limpió las manos en su delantal blanco estampado de manchas rojas, tomó el bastón blanco que siempre dejaba apoyado en la pared detrás de la moledora de carne, le tendió la derecha a Carlitos y lo condujo hasta su pieza para mostrarle los libros que había heredado de su padre, es decir, del abuelo del futuro hombre de letras. “Ahora son tuyos, hijo. Tenés que aprender a leer y a usar este cerebro que te distingue de las vacas”. Carlitos quedó muy impresionado por las palabras de su padre y, quizás ya ese mismo día, decidió que alguna vez escribiría él tambien un libro y se lo dedicaría a su padre. Así fue como desde muy pequeño se lo podía ver siempre con libros en la mano, especialmente con un Diccionario de la Real Academia Española de fines del siglo pasado, del que ya no se desprendería nunca, y cuya importancia en el relato el Lector pronto advertirá. Desde aquel momento había optado, aún sin ser plenamente consciente de ello, por el sinuoso y solitario camino de la autodidáctica, que ya nunca abandonaría.

Pero Carlos Tenenbaum parecía meado por el mismo Zeus porque el destino aún le deparaba dos nuevas desgracias. De las tres primeras ya fue informado el lector en tiempo y forma. La cuarta1–literalmente lo esperaba a la vuelta de la esquina, más especificamente en la casa de un amigo del barrio: “el Mariano de la vuelta”, sito en la calle Amengual. La familia de este tal Mariano ostentaba un Impala modelo 1936 de color azul mar –más bien tirando a mar Caribe–. Cierto día en que Carlitos se aprestaba a visitar a su entrañable amigo, quizás para ahogar en compañía y con Hesperidina las recientes penas, el padre del Mariano fracasaba en su intento de anganchar su amado auto a la Ford F100 de un vecino para remolcarlo hasta un taller cercano. Quiso la suerte –en rigor de verdad, la mala suerte– que Carlos recibiera la cuarta de remolque –luego de que el señor “de la vuelta” la sacudiera peligrosamente, dando así rienda suelta a su enfado– en plena mano derecha, extremidad ésta que dedicaba al delicado ejercicio de la escritura y a las no menos respetables y solitarias artes autoamatorias. Un mes debió permanecer Carlos Tenenbaum con la mano diestra enyesada sin poder tocar un lápiz ni ninguna otra cosa. Sus vanos intentos de satisfacer sus dos pasiones juveniles con la zurda no lograron enderezar el desviado rumbo que ya habían tomado sus asuntos.



1En este punto del relato descubrimos que este cuarto obstáculo no condice con aquello que el autor nos había adelantado en el capítulo anterior. La interrupción de la que aquí se nos habla no se debe a “motivos de índole estríctamente ocupacional” (Nota del Editor).

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