lunes, 16 de septiembre de 2013

Capítulo 3




A pesar de todo, cual Sísifo empecinado en alcanzar la cima a como diere lugar, Carlos se calzó su piedra al hombro y se aprestó a reemprender la marcha. Tuvo que hacerse cargo del negocio de su “santa madre” (sic), cuando ésta los abandonó a él y a su padre para fugarse con su amante –el supuesto cliente habitual de la mercería, 24 años menor– a Tierra del Fuego, y no volver a dar nunca más señales de vida. El negocio tuvo que ser remodelado in toto, ya que la mercería no era –in rigor veritas– más que una pantalla del prostíbulo que regenteaba, atendía y limpiaba –primero sola, finalmente con la ayuda de su hijo único– la señora de Tenenbaum. Carlitos, tras la desaparición de su madre, y con 38 años recién cumplidos, se propuso destinar una parte de sus ahorros personales para remodelar el local de la calle Pellegrini al 1200 recién heredado, y realizar póstumamente el sueño de su abuela de erradicar de una vez por todas el prostíbulo clandestino –que funcionaba hacía ya cinco generaciones y que pasaba de madre a hija– y emplazar una verdadera mercería hecha y derecha, “con hilos de todos colores, telas de distintos géneros, agujas de verdad y toda clase de artículos de costura y tejido”1.

Quizás éste sea el momento para aclarar que Carlos fue el primer hombre de la familia no sólo en trabajar en ella, sino incluso en entrar a la falsa mercería. La existencia del prostíbulo había sido sistematicamente ocultada a los hombres Tenenbaum y convenientemente disimulada con la argucia de un ardiente fervor religioso por parte de las mujeres del clan, de cuya asistencia perfecta a misa de 9:00 hs. la famalia Tenenbaum siempre pudo jactarse con el mayor de los derechos. Pero Carlos era hijo único y ya desde pequeño se vio obligado a asumir el relevo tanto de los roles masculinos como de los femeninos. Algunos rumores incluso llegan a afirmar que Carlos alternaría un guardarropa masculino con otro femenino.

En el perfil de facebook de Carlos Tenenbaum a cuyo círculo de amistad tenemos el honor de pertenecer, sólo pueden verse cuatro fotos. En una, aparece Carlos de frente, de impecable saco a cuadros, camisa a rayas y corbata a lunares. En otras dos se nos presenta de perfil, en la primera de ellas en bermudas celeste, haciendo footing por el Parque San Martín; en la otra, con un suéter escote en “v”, víctima de algún que otro ataque polillesco, y un helado en la mano derecha. En la cuarta imagen que completa la serie de fotos de perfil, aparece Carlos a los 27 años aproximadamente –si los cálculos de la sección de contabilidad de la revista son correctos– de camisa blanca y jean con la bragueta abierta, acompañado de su madre. La foto ha sido intitulada, supuestamente por el maestro mismo: “Yo, mi canario y la puta madre que no me parió”. En las cuatro fotos podemos ver a Carlos vestido como todo un hombrecito, lo que prima facie refutaría los rumores sobre su travestismo. Sin embargo, algunas fuentes aseguran que Carlos no es justamente lo que se dice un amigo de la Internet, y otras, que el Santo de la pluma es, lisa y llanamente, un completo ignorante en materia informática. Unos y otros coinciden en que se trataría de un perfil apócrifo con el claro propósito de difamar a nuestro prohombre de las letras, hipótesis ésta que podría inducirse a partir del último posteo que leemos en su perfil: “Carlos Tenenbaum es un reberendo (sic) pelotudo”. Pero dejemos éste y otros interrogantes para ser aclarados por el mismo Tenenbaum, ya que tuvimos el privilegio de conseguir una cita para entrevistarlo próximamente.

Hablemos, finalmente, sobre la tarea que le hubo tocado en suerte a nuestro autor dentro del variopinto mundo de las letras. Qué se diga ya, sin tantas dilaciones: Carlos Tenenbaum colecciona oxímoron. Lleva siempre consigo “un cuaderno azul Rivadavia de 200 hojas dividido en 27 secciones, cada una correspondiente a cada letra del abecedario –como él mismo nos aclara–”. Cuando alguna sección se queda sin espacio para más, Carlos cambia el cuaderno por uno nuevo de idénticas características. Los distintos cuadernos parecen todos el mismo. Y por afuera son todos iguales, a excepción del lomo que lleva una etiqueta autoadhesiva con su correspondiente número. Con respecto a su contenido, algunas palabras, expresiones o giros los ha recogido en la calle, otros los ha recopilado hojeando revistas o libros, e incluso ojeando programas televisivos. Algunos son de cuño propio. Otros no. Dejemos que Carlos nos cuente cómo empezó su hoy vasta colección:



Carlos Tenenbaum. Comedor de su casa de la calle Almirante Brown al 1800. 20 de julio de 2012: Recuerdo, joven, que la idea se me ocurrió consultando un diccionario. Pero realmente no recuerdo qué palabra estaba buscando. El hecho, joven, es que soy muy curioso, por lo que cuando abro un diccionario me demoro en cada hoja que se presenta... digamos, azarosamente frente a mí, ya que me detengo sin proponérmelo en cualquier palabra y no puedo evitar leer su definición para subsanar parte de mi vasta ignorancia. Esta inconstancia, que a primera vista se presenta como una debilidad mía y que pronto usted verá que no es digna de tal denominación, me conduce, muchas veces, a apartarme de mi objetivo inicial (conocer la definición de una palabra en particular), ya que suelo encontrar, en la entrada que demoró mi atención, algún otro término cuyo significado también desconozco, circunstancia ésta que me fuerza a ir en busca de esa nueva palabra y, en este nuevo proceso heurístico, por llamarlo de alguna manera, volver a detenerme en otras páginas y toparme con nuevos términos por mí desconocidos, lo que me obliga a abortar la última búsqueda e inmediatamente atender a un nuevo objetivo... digamos, autoimpuesto por mí, pero de manera autónoma, claro está.

Este hábito de mi más tierna infancia, con el tiempo elevado a modus operandi, no lo he abandonado nunca. Debo confesarle, joven, que al principio vagaba de palabra en palabra como náufrago al capricho del dios Eolo. Con el tiempo, en cambio, pude ir afirmándome en algún que otro término conocido para no ahogarme en el mar de mi ignorancia. Digamos que esas palabras conocidas funcionaban a la manera de maderos que me permitían permanecer a flote, o, si a usted le parece mejor, ir saltando de significante en significante sin zozobrar en el vasto océano de los significados. Digamos que el diccionario era mi chaleco salvavidas. Aunque en este caso, bueno, digamos, el chaleco mismo contendría los maderos que me hacían flotar y también, por qué no, las piedras que me mandaban a pique, por llamar de alguna manera a las palabras desconocidas. ¡Esas son las más perras! Pero, a ver... Déjeme pensar un momentito... Sí, claro, las piedras serían, en realidad, madera petrificada (eso es) que, una vez conocido su significado, por obra y gracia de la memoria se despetrificaban, digamos, y entonces yo podía ahora aferrarme a ellas... Ya no sé si tiene sentido lo que le estoy diciendo, joven. La metáfora es un arma de doble filo, ¿vio? Bueno, ¿a qué venía todo esto? Ah, sí, el diccionario. El diccionario, al principio, era un terreno completamente desconocido para mí. Con el tiempo, de tanto ir y venir por sus páginas, terminé reconociendo cada uno de sus recovecos. Como verá, mi aparente inconstancia terminó por dar sus frutos. Y hoy, a treinta y cinco años de la decisión, trascendental en mi vida, de no cejar jamás en mi empeño por catapultarme a las altas cimas del academicismo, con el solo mecanismo, a la vez arrojador y arrojadizo, digamos, de mi inconstancia, puedo decir, con orgullo, que supe hacer de una debilidad una virtud. Y lo denomino de esta manera, estimado joven, porque mi inconstancia me ha arrojado, y en el proceso se ha arrojado a ella misma conmigo, al éxito, en general; al reconocimiento académico, en particular; y a las puertas de la Editorial Vox, en singular.

“Metodología de aprendizaje azaroso” o “Metodología azarosa de aprendizaje” es como he dado en llamar a este procedimento por mí casualmente inventado. Aunque si bien usted lo mira, joven, no he inventado nada, pues no es otra cosa que el método mismo utilizado por los niños en su transcurrir por la niñez. Es al pedo (como decía mi padre), hay que volver a la naturaleza si uno quiere hacer las cosas de la mejor manera posible o, en su defecto, de la manera más natural posible. Lo que natura non da... ¿En qué estaba, joven? Ah, sí, gracias. Le decía que todo empezó una tarde en la que yo buscaba una palabra (no recuerdo ciertamente cuál) en mi Diccionario Vox de la Lengua Castellana, edición de 1834, que hube heredado de mi padre (Dios lo tenga en su santa gloria)... Decía, que hube heredado en los dulces años de mi primera infancia. Buscando esa palabra hoy olvidada, me demoré en otras hasta toparme con un término que me desconcertó hasta el tuétano. La palabra en cuestión era, justamente, “oxímoron”. Le juro que en mi puta, y en aquel entonces corta vida, había escuchado esa palabra. Se trata, sin lugar a dudas, de un neologismo, pensé (por lo menos en lo que a mi humilde bagaje terminológico respecta, digamos). Primero que nada... Por cierto que mi método pedagógico no carece del uso de hipótesis, que tanto progreso ha traido aparejado en las ciencias, joven. Al margen confieso que estuve tentado de decir "no adolece de". Como usted sabrá, joven (y usted tiene apariencia de persona culta) el buen uso del castellano exige el giro “carecer de” y no el popular y erróneo (adjetivos que tienden a cierta adyacencia) “adolecer de”. Bien, ¿en qué estaba? Ah, sí. Oxímoron. Primero que nada, digo, supuse que se trataba de algún pájaro exótico o algún pimiento, tal vez, de tamaño más bien pequeño y de color más bien rojizo. No sé por qué, pero le juro que pensé eso. Fíjese usted cuál no fue mi sorpresa, joven, al constatar que mi hipótesis primigenia de trabajo caía, cual ambarino líquido excrementicio describiendo una erronea trayectoria (como quien dice), fuera del tacho.

La primer entrada de mi humilde Enciclopedia de Oxímoron (confieso que cuando tuve la idea de titularla casi le pongo “de Oximorones”, craso error del que fui rescatado a tiempo por mi docto amigo e insustituible asistente, Don Mauricio Fernández, que tuvo la fortuna de asistir unos meses a un Terciario de Lengua y Literatura en Eugenio Bustos, magna insitución ésta que lo benefició de por vida con un fina capacidad de maniobra por los escabrosos terrenos de la lengua castellana). ¿En qué estaba? Ah, sí, disculpe que a veces me vaya un poco por las ramas, joven. Le decía que la primera entrada de mi humilde Enciclopedia de Oxímoron (como finalmente di en llamarla), primera en orden cronológico de plasmación, y no en orden alfabético de ordenamiento, claro está, fue, justamente, la palabra “oxímoron”. Sí, lo recuerdo muy bien. Ah, ¡qué promesas auguraban esas ocho letras escritas con tinta azul en un cuaderno Rivadavia de 200 hojas, encuadernado con papel araña también azul!

La Enciclopedia fue completándose poco a poco (escribir una enciclopedia no es moco de pavo). Luego de aquella primera palabra, copié (no se hable aquí de plagio) los ejemplos con que mi honorable Diccionario Vox de la Lengua Castellana, edición de 1834, ilustraba la entrada susodicha. A ver, por aquí las tengo anotadas. Espéreme un momentito, joven... Por aquí deben de estar. Sí, aquí están. Lo que pasa es que soy un sentimental y llevo estas cosas siempre conmigo... “Silencio atronador”, “instante eterno”... Estos fueron mis primeros oxímoron. El resto del material para mi opera prima lo fui recolectando pacientemente a lo largo de mi vida, mi propia fenomenología personal del espíritu, versión de bolsillo del hegeliano Volkgeist, encarnado por quien le habla, en persona.



1No hemos conseguido ubicar el paradero –por evitar el barbarismo “salidero”– de esta cita perdida. Podría tratarse de una referencia apócrifa de cuño del autor (Nota del Editor).

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