A
pesar de todo, cual Sísifo empecinado en alcanzar la cima a como
diere lugar, Carlos se calzó su piedra al hombro y se aprestó a
reemprender la marcha. Tuvo que hacerse cargo del negocio de su
“santa madre” (sic), cuando ésta los abandonó a él y a su
padre para fugarse con su amante –el supuesto cliente habitual de
la mercería, 24 años menor– a Tierra del Fuego, y no volver a dar
nunca más señales de vida. El negocio tuvo que ser remodelado in
toto, ya que la
mercería no era –in
rigor veritas–
más que una pantalla del prostíbulo que regenteaba, atendía y
limpiaba –primero sola, finalmente con la ayuda de su hijo único–
la señora de Tenenbaum. Carlitos, tras la desaparición de su madre,
y con 38 años recién cumplidos, se propuso destinar una parte de
sus ahorros personales para remodelar el local de la calle Pellegrini
al 1200 recién heredado, y realizar póstumamente el sueño de su
abuela de erradicar de una vez por todas el prostíbulo clandestino
–que funcionaba hacía ya cinco
generaciones y
que pasaba de madre a hija– y emplazar una verdadera mercería
hecha y derecha, “con hilos de todos colores, telas de distintos
géneros, agujas de verdad y toda clase de artículos de costura y
tejido”1.
Quizás
éste sea el momento para aclarar que Carlos fue el primer hombre de
la familia no sólo en trabajar en ella, sino incluso en entrar a la
falsa mercería. La existencia del prostíbulo había sido
sistematicamente ocultada a los hombres Tenenbaum y convenientemente
disimulada con
la argucia de
un ardiente fervor religioso por parte de las mujeres del clan, de cuya
asistencia perfecta a misa de 9:00 hs. la famalia Tenenbaum siempre
pudo jactarse con el mayor de los derechos. Pero Carlos era hijo
único y ya desde pequeño se vio obligado a asumir el relevo tanto
de los roles masculinos como de los femeninos. Algunos rumores
incluso llegan a afirmar que Carlos alternaría
un guardarropa masculino con otro femenino.
En
el perfil de facebook de Carlos Tenenbaum –a cuyo círculo de amistad
tenemos el honor de pertenecer–, sólo pueden verse cuatro fotos. En
una, aparece Carlos de frente, de impecable saco a cuadros, camisa a
rayas y corbata a lunares. En otras dos se nos presenta de perfil, en
la primera de ellas en bermudas celeste, haciendo footing
por el Parque San Martín; en la otra,
con un suéter
escote en “v”,
víctima de algún que otro ataque polillesco, y un helado en la mano derecha.
En la cuarta imagen que completa la serie de fotos de perfil, aparece
Carlos a los 27 años aproximadamente –si los cálculos de la
sección de contabilidad de la revista son correctos– de camisa
blanca y jean con la bragueta abierta, acompañado de su madre. La
foto ha sido intitulada, supuestamente por el maestro mismo: “Yo,
mi canario y la puta madre que no me parió”. En las cuatro fotos
podemos ver a Carlos vestido como todo un hombrecito, lo que prima
facie refutaría
los rumores sobre su travestismo. Sin embargo, algunas fuentes
aseguran que Carlos no es justamente lo que se dice un amigo de la
Internet, y otras, que el Santo de la pluma es, lisa y llanamente, un
completo ignorante en materia informática. Unos y otros coinciden en
que se trataría de un perfil apócrifo con el claro propósito de
difamar a nuestro prohombre de las letras, hipótesis ésta que podría
inducirse a partir del último posteo que leemos en su perfil:
“Carlos Tenenbaum es un reberendo (sic) pelotudo”. Pero dejemos
éste y otros interrogantes para ser aclarados por el mismo
Tenenbaum, ya que tuvimos el privilegio de conseguir una cita para
entrevistarlo próximamente.
Hablemos, finalmente, sobre la tarea que le hubo tocado en suerte a
nuestro autor dentro del variopinto mundo de las letras. Qué se diga
ya, sin tantas dilaciones: Carlos Tenenbaum colecciona oxímoron.
Lleva siempre consigo “un cuaderno azul Rivadavia
de 200 hojas dividido en 27 secciones, cada una correspondiente a
cada letra del abecedario –como él mismo nos aclara–”. Cuando
alguna sección se queda sin espacio para más, Carlos cambia el
cuaderno por uno nuevo de idénticas características. Los distintos
cuadernos parecen todos el mismo. Y por afuera son todos iguales, a
excepción del lomo que lleva una etiqueta autoadhesiva con su
correspondiente número. Con respecto a su contenido, algunas
palabras, expresiones o giros los ha recogido en la calle, otros los
ha recopilado hojeando revistas o libros, e incluso ojeando programas
televisivos. Algunos son de cuño propio. Otros no. Dejemos que
Carlos nos cuente cómo empezó su hoy vasta colección:
Carlos
Tenenbaum. Comedor de su casa de la calle Almirante Brown al 1800. 20
de julio de 2012:
Recuerdo, joven, que la idea se me ocurrió consultando un
diccionario. Pero realmente no recuerdo qué palabra estaba buscando.
El hecho, joven, es que soy muy curioso, por lo que cuando abro un
diccionario me demoro en cada hoja que se presenta... digamos,
azarosamente frente a mí, ya que me detengo sin proponérmelo en
cualquier palabra y no puedo evitar leer su definición para subsanar
parte de mi vasta ignorancia. Esta inconstancia, que a primera vista
se presenta como una debilidad mía y que pronto usted verá que no
es digna de tal denominación, me conduce, muchas veces, a apartarme
de mi objetivo inicial (conocer la definición de una palabra en
particular), ya que suelo encontrar, en la entrada que demoró mi
atención, algún otro término cuyo significado también desconozco,
circunstancia ésta que me fuerza
a ir en busca de esa nueva palabra y, en este nuevo proceso
heurístico, por
llamarlo de alguna manera,
volver a detenerme en otras páginas y toparme con nuevos términos
por mí desconocidos, lo que me obliga
a abortar la última búsqueda e inmediatamente atender a un nuevo
objetivo... digamos, autoimpuesto por mí, pero de manera autónoma, claro está.
Este
hábito de mi más tierna infancia, con el tiempo elevado a modus
operandi, no lo he
abandonado nunca. Debo confesarle, joven, que al principio vagaba de
palabra en palabra como náufrago al capricho del dios Eolo. Con el
tiempo, en cambio, pude ir afirmándome en algún que otro término
conocido para no ahogarme en el mar de mi ignorancia. Digamos que
esas palabras conocidas funcionaban a la manera de maderos que me
permitían permanecer a flote, o, si a usted le parece mejor, ir
saltando de significante en significante sin zozobrar en el vasto
océano de los significados. Digamos que el diccionario era mi
chaleco salvavidas. Aunque en este caso, bueno, digamos, el chaleco
mismo contendría los maderos que me hacían flotar y también, por
qué no, las piedras que me mandaban a pique, por llamar de alguna
manera a las palabras
desconocidas. ¡Esas son las más perras!
Pero, a ver... Déjeme pensar un momentito... Sí, claro, las piedras
serían, en realidad, madera petrificada (eso es) que, una vez conocido su
significado, por obra y gracia de la memoria se despetrificaban,
digamos, y entonces yo podía ahora aferrarme a ellas... Ya no sé si
tiene sentido lo que le estoy diciendo, joven. La metáfora es un arma de doble
filo, ¿vio? Bueno, ¿a qué venía todo esto? Ah, sí, el
diccionario. El diccionario, al principio, era un terreno
completamente desconocido para mí. Con el tiempo, de tanto ir y
venir por sus páginas, terminé reconociendo cada uno de sus
recovecos. Como verá, mi aparente inconstancia terminó por dar sus
frutos. Y hoy, a treinta y cinco años de la decisión, trascendental
en mi vida, de no cejar jamás en mi empeño por catapultarme a las altas
cimas del academicismo, con el solo mecanismo, a la vez arrojador y
arrojadizo, digamos, de mi inconstancia, puedo decir, con orgullo,
que supe hacer de una debilidad una virtud. Y lo denomino de esta
manera, estimado joven, porque mi inconstancia me ha arrojado, y en el proceso se ha
arrojado a ella misma conmigo, al éxito, en general; al
reconocimiento académico, en particular; y a las puertas de la
Editorial Vox, en singular.
“Metodología
de aprendizaje azaroso” o “Metodología azarosa de aprendizaje”
es como he dado en llamar a este procedimento por mí casualmente
inventado. Aunque si bien usted lo mira, joven, no he inventado
nada, pues no es otra cosa que el método mismo utilizado por los
niños en su transcurrir por la niñez. Es al pedo (como
decía mi padre),
hay que volver a la naturaleza si uno quiere hacer las cosas de la
mejor manera posible o, en su defecto, de la manera más natural
posible. Lo que natura
non da... ¿En qué
estaba, joven? Ah, sí, gracias. Le decía que todo empezó una
tarde en la que yo buscaba una palabra (no recuerdo ciertamente cuál)
en mi Diccionario
Vox de la Lengua Castellana,
edición de 1834, que hube heredado de mi padre (Dios lo tenga en su
santa gloria)... Decía, que hube heredado en los dulces años de mi
primera infancia. Buscando esa palabra hoy olvidada, me demoré en otras hasta
toparme con un término que me desconcertó hasta el tuétano. La
palabra en cuestión era, justamente, “oxímoron”. Le juro que en
mi puta, y en aquel entonces corta vida, había escuchado esa
palabra. Se trata, sin lugar a dudas, de un neologismo, pensé (por
lo menos en lo que a mi humilde bagaje terminológico respecta,
digamos). Primero que nada... Por cierto que mi método pedagógico no carece del uso de hipótesis, que tanto progreso ha traido aparejado en las ciencias, joven. Al margen confieso que estuve tentado de decir "no adolece de". Como usted sabrá, joven (y usted tiene apariencia de persona culta) el buen uso del castellano exige el giro “carecer de” y no el popular y erróneo (adjetivos que
tienden a cierta adyacencia) “adolecer de”. Bien, ¿en qué estaba? Ah,
sí. Oxímoron. Primero que nada, digo, supuse que se trataba de
algún pájaro exótico o algún pimiento, tal vez, de tamaño más
bien pequeño y de color más bien rojizo. No sé por qué, pero le
juro que pensé eso. Fíjese usted cuál no fue mi sorpresa, joven, al constatar que
mi hipótesis primigenia de trabajo caía, cual ambarino líquido
excrementicio describiendo una erronea trayectoria (como
quien dice), fuera del tacho.
La
primer entrada de mi humilde Enciclopedia de Oxímoron (confieso que
cuando tuve la idea de titularla casi le pongo “de Oximorones”,
craso error del que fui rescatado a tiempo por mi docto amigo e
insustituible asistente, Don Mauricio Fernández, que tuvo la fortuna
de asistir unos meses a un Terciario de Lengua y Literatura en
Eugenio Bustos, magna insitución ésta que lo benefició de por vida
con un fina capacidad de maniobra por los escabrosos terrenos de la
lengua castellana). ¿En qué estaba? Ah, sí, disculpe que a veces
me vaya un poco por las ramas, joven. Le decía que la primera
entrada de mi humilde Enciclopedia de Oxímoron (como finalmente di
en llamarla), primera en orden cronológico de plasmación, y no en
orden alfabético de ordenamiento, claro está, fue, justamente, la
palabra “oxímoron”. Sí, lo recuerdo muy bien. Ah, ¡qué
promesas auguraban esas ocho letras escritas con tinta azul en un
cuaderno Rivadavia de 200 hojas, encuadernado con papel araña
también azul!
La
Enciclopedia fue completándose poco a poco (escribir una enciclopedia no es moco de pavo). Luego de aquella primera
palabra, copié (no se hable aquí de plagio) los ejemplos con que mi
honorable
Diccionario Vox de la Lengua Castellana,
edición de 1834, ilustraba la entrada susodicha. A ver, por aquí
las tengo anotadas. Espéreme un momentito, joven... Por aquí deben de estar. Sí, aquí están. Lo que pasa es que soy un
sentimental y llevo estas cosas siempre conmigo... “Silencio
atronador”, “instante eterno”... Estos fueron mis primeros
oxímoron. El resto del material para mi opera
prima lo fui
recolectando pacientemente a lo largo de mi vida, mi propia
fenomenología personal del espíritu, versión de bolsillo del
hegeliano Volkgeist, encarnado por quien le habla, en persona.
1No
hemos conseguido ubicar el paradero –por
evitar el barbarismo “salidero”–
de esta cita perdida. Podría tratarse de una referencia apócrifa de cuño del autor (Nota del Editor).
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