Carlos
María Altamirano, alias “Filósofo de Villa Hipódromo”, alias
“Filósofo en pantuflas”. Minibar de su casa. 22 de enero de
2013: “Crecido
en una familia pequeñísimoburguesa que tuvo que valerse de sus
propios medios para lograr la hazaña de ascender socialmente desde
los últimos peldaños de una 'clase baja alta' a los primerísimos
escalones de la apenas menos desacomodada 'clase media baja'
mendocina, Carlos supo mamar, ya desde muy pequeño, el valor de la
responsabilidad y la idea del hombre como selfmade-man,
junto con la leche materna. En el caldo de cultivo de una sociedad
conservadora e hipócrita, brota la familia Tannenbaum como por
generación espontánea”. ¿Gusta un trago? Yo sí me voy a servir
un güisquisito, si me permite. ¿Por dónde iba? Ah, sí, por aquí:
“Último vástago de la familia Tannenbaum, Carlos es un intento
pseudo-hegeliano por consumar el fin de la familia, asumiendo en su
propio ser las contradicciones internas del clan familiar”. Tengo
aquí algunas claves para justificar la hipótesis anterior. Uno: “A
sus 71 años, Carlos Tannenbaum permanece soltero y sin hijos, y ni
siquiera se le conoce mujer alguna. Como todas las evidencias nos
permiten concluir, Carlos Tannenbaum ha hecho del celibato un modo de
vida: por lo menos en este aspecto asume la proverbial castidad de
las mujeres Tannenbaum”. Dos: Dígame, lógicamente, ¿qué es un
oxímoron? Un oxímoron es una contradicción, hombre. No es casual
que Carlos haya dedicado su vida a recolectar contradicciones. Su
vida no ha sido más que eso. Pero si bien se lo ve, un oxímoron no
es meramente una contradicción o no es una contradicción
cualquiera. Escuche esto: “Un oxímoron no es, como a primera vista
podríamos ingenuamente pensar, una díada de dos términos
contrapuestos como blanco-negro o alto-bajo, sino que es una tríada
compuesta por una tesis, una antítesis y –lo que hace que
un oxímoron sea lo que es y no meramente una contradicción carente
de sentido– una síntesis de ambas”. ¿Seguro que no quiere un
güisquisito? A mí se me seca la garganta, por eso... ¿Por dónde iba? Sí...
“La síntesis amalgama en una unidad de sentido lo que de otra
manera serían dos términos contrapuestos y tan insolubles entre sí
como el agua y el aceite”. Este güisqui está muy bueno,
realmente. ¿Seguro que no gusta?.. A ver, ¿cómo le explico? Un
oxímoron es una mayonesa, la mezcla misma de lo inmiscible. La
emulsificación de dos términos contradictorios, como el agua y el
aceite, produce lo que parecía imposible: una emulsión, en nuestro
caso, de términos. El oxímoron es una mayonesa de antónimos, si me
permite. Tanto hablar de mayonesa me ha despertado el apetito. Además
el güisqui puro se me sube rápido a la cabeza si no lo rebajo con
algo sólido. Si me disculpa voy a traer unas aceitunitas y un poco
de queso. Mire, querido amigo, el clan Tannenbaum funciona como un
matriarcado encubierto, en el cual los hijos heredan el apellido
materno. El verdadero apellido de Carlos, por cierto, no es
Tenenbaum, sino Tannenbaum, que significa “abeto” en alemán.
Sucede que allá por mil ochocientos y pico, durante la primera ola
inmigratoria, que yo prefiero llamar tsunami inmigratorio por las
proporciones que asumió... Durante el primer tsunami inmigratorio
argentino, digo, la familia Tannenbaum sufrió una alteración en su
apellido, por la proverbial inoperancia del personal de los registros
civiles de aquel entonces, inoperancia que ha sido salvada en parte
por la profesionalización del personal administrativo de los registros civiles de la Nación. Esto que le
digo, mientras me sirvo otro güisquisito, mi querido amigo, no es un
dato inferior a la hora de analizar la peculiar personalidad de
Carlos Tannenbaum, porque “abeto” también se dice “Fichte” en alemán,
el nombre del centroforward del idealismo alemán, el eslabón,
perdido para la memoria popular, que unió a Kant y Hegel. Eslabón,
bien digo, de una férrea cadena que sólo pudo romper el gran Karl
Marx con su martillo, mientras Engels lo asistía con la hoz. ¿Qué
quiero decir con esto? Pues que Tannenbaum es el Kant, el Fichte y el
Hegel, la santísima trinidad del idealismo alemán, pero de nuestras
tierras. Y todo en uno. ¿Por qué lo que allá fue tres, acá es
uno?, me preguntará usted. Argucias de la Razón, Razón con
mayúsculas, responderé yo: misterios insondables para la razón,
razón esta vez con minúsculas. Yo, en cambio, le pregunto a él y a
usted, y ya que estoy me pregunto a mí mismo: ¿por qué la Razón habría de
replicar la tríada germana en estos lares? ¿Qué necesidad tendría de hacerlo? Y, si
usted me permite, mientras me sirvo otro vasito, te respondo, hermano
querido. ¿No te molesta que te tutée? Te respondo a vos, pero
también me respondo a mí mismo: que aquello fuera tres tuvo sentido
en aquel entonces pero ya no lo tiene. Pues lo que alguna vez fue,
para la Razón es y seguirá siendo siempre. Nada se pierde para la
muy guacha. Eso salta a la vista si uno es capaz de trascender la
miopía del sentido común y adentrarse lisa y llanamente en los
terrenos de la especulación filosófica. Una vez desplegados los
tres momentos, las dos tesis y su superación, lo que era trino se
cristaliza como mónada, una mónada que un buen día despega en Jena
o en Berlín o dónde carajo sea, y un tiempo después aterriza donde
se le canta la regalada gana. En nuestro caso, en Mendoza. Así es,
hermano, como la antorcha de la ciencia filosófica pasa de Alemania
a Mendoza. Esta botella se me está acabando, pero tengo otra por
algún lugar. Espérese un momentito. Yo sabía que por ahí andaba.
¿Seguro que no querés...?
lunes, 23 de septiembre de 2013
sábado, 21 de septiembre de 2013
Capítulo 5
Señora
de Horny, madre de Brígida Horny. Portero de la calle Ayacucho al
1500. 15 de enero de 2013. 10:35 hs.: ¿Cómo, m´hijito? Yo no conozco a ningún Carlos Perez (sic). Deben
ser los vecinos nuevos de arriba. Pregunte en el 2ºB.
Vecinos
de la Señora de Horny, madre de Brígida Horny. Portero de la calle Ayacucho al 1500. 15 de enero de 2013. 10:36
hs.: (Nadie
atiende el portero)
Aquí perdimos nuevamente el
rastro de Carlos Tenenbaum. Todo parecía indicar que habíamos
llegado a un callejón sin salida. La calle topando en la entrada de
un edificio era una prueba irrefutable. Dimos media vuelta para
probar mejor suerte en la dirección contraria cuando, al volver a
pasar por la puerta del edificio de la calle Ayacucho al 1500, vimos
al mismo Carlos Tenenbaum en cuerpo y alma –el alma no se la vimos,
claro, es sólo un modo de decir– aprestándose a ingresar al
inmueble. En su mano derecha llevaba un sobre de papel madera tamaño
oficio repleto de papeles, en uno de cuyos lados pudimos leer: “Vox”.
¡Los manuscritos!, nos dijimos entusiasmados. Seguramente Carlos
había viajado a Buenos Aires para llevar personalmente a la
editorial los originales de su magna obra. Nuestro autor subió al
ascensor, el cual se detuvo en el primer piso. Subimos por las
escaleras y aguardamos en el rellano para averiguar de qué piso
salía. La espera duró unas tres horas. A las 15 hs., Carlos salió
del departamento 1ºB, el mismo donde vive la señora de Horny, sin
los documentos. ¿Por qué dejaba su más preciada obra en la casa de
su ex-suegra? ¿Y por qué la señora de Horny nos había ignorado,
finjiendo que había escuchado mal el apellido de Carlos? Demasiados
misterios. Bajamos corriendo para no perder de vista a don Tenenbaum.
Esta vez no se nos escaparía. Tal fue el apuro, que tropezamos en el
último tramo de la escalera y fuimos a parar a los pies de don
Carlos, justo cuando éste salía del ascensor.
Carlos
Tenenbaum. Saliendo del ascensor de la calle Ayacucho. 15 de enero de
2013: ¡Joven!
¿Qué hace por acá? Justamente lo anduve buscando antes de venirme
a Buenos Aires y ahora me lo encuentro acá. Como no asistió a la
cita en el bar “Los dos amigos” lo llamé tres veces por teléfono
al número que me dejó pero nadie me atendió. ¿Que qué hago por
aquí? Vine a visitar a mi madre.
La
señora de Horny resultó ser la madre de Carlos Tenenbaum. El señor
Horny no era otro que aquel Antonio pescador y cliente asiduo de la
mercería que huyó con la madre de Carlos al sur. Los papeles que
traía Carlos a su madre no eran los manuscritos de su obra, sino
boletas que nuestro autor regresaba a su madre luego de haberlas
pagado en un Rapipago de la vuelta. Los manuscritos no habían salido
de Mendoza ni de los cuadernos azul Rivadavia numerados. Carlos
Tenenbaum juzgaba que sus papeles no estaban aún listos para enviar
a la editorial. La leyenda “Vox” en el sobre no era otra cosa que
una errata cometida por la señora de Horny. Así llamó siempre
Antonio Horny a la caja donde guardaba las boletas de su casa y su
esposa no quiso perder la costumbre después de que aquél hubiera
muerto. La madre de Carlos estaba casi sorda y cuando dijimos
“Tenenbaum” escuchó “Perez”, o quiso escucharlo –quién
sabe–, tal vez para renegar una vez más de su propio pasado.
Brígida era la hermanastra de Carlos y habían tenido una relación
medio incestuosa, desconociendo ambos que eran medio hermanos1.
El caso de los manuscritos
perdidos fue resuelto. Nosotros volvimos a Mendoza en el vuelo de
aquella misma tarde para terminar a tiempo el informe de nuestras
investigaciones que saldrá en la primera edición de la revista
Bolaño, de próxima aparición en los quioscos de diarios y revistas
de nuestra provincia.
Justamente cuando nos
aprestábamos a dar el caso por cerrado, recibimos una llamada de un
tal Carlos –otro Carlos– que aseguraba poseer material importante
sobre “un tocayo mío, sobre el que ustedes están investigando”. El
tal Carlos aseguraba ser el albaceas literario de nuestro Carlos,
nombrado por él mismo, en caso de que “algo llegara a sucederle”,
como nos adelantó telefónicamente. Había conocido al maestro por
intermedio del “dotor”, con quién había cursado estudios
universitarios en la UNC. Según Carlos Altamirano –como aseguraba
llamarse–, Mauricio había dejado su Valle de Uco natal para
instalarse en la city mendocina, porque sabía que en la Facultad de
Filosofía y Letras podía especializarse en marxismo como en ningún
otro lugar del país. La institución había concitado todas las
miradas del izquierdismo académico desde que el Coronel Bondiola,
quien era un reconocido especialista en la Revolución Cubana, había
asumido la cátedra de Movimientos Sociales Contemporáneos. Así
mismo, el Cabo Primero Ordoñez, otra eminencia dentro de la
izquierda revolucionaria, se había hecho cargo de la cátedra
“Movimientos milenaristas medievales”. Como se quedaba sin
crédito, Carlos nos prometió seguir contándonos en su casa todo lo
que sabía sobre Tenenbaum, su círculo íntimo de amigos y su obra.
1El
“Filósofo en pantuflas” nos aclara que se trataría de un
“medio
incesto en-sí”, aunque no “para-sí” (Nota de la sección
Misceláneas).
jueves, 19 de septiembre de 2013
Capítulo 4
Carlos
no asistió a la segunda cita, pactada aquel mismo día para la
semana siguiente. No contestó más el teléfono ni a la puerta de su
petit hotel de la calle Almirante Brown al 1800 de Godoy Cruz.
Habíamos perdido la huella del misterioso Carlos Tenenbaum, que
tanto nos había costado ubicar. ¿Cómo daríamos con él si no se
dignaba a atender el teléfono ni el timbre de su casa –o incluso a
permanecer en ella–? Sólo teníamos un nombre que había deslizado
Don Carlos en la entrevista: Mauricio Fernández, su supuesto
ayudante, el ex estudiante de letras del Valle de Uco. Partimos,
entonces, a la busca del tal Mauricio Fernández, “el dotor” para
sus amigos íntimos. Tardamos algunos meses en dar con él, pero
finalmente encontramos su nombre en la guía telefónica (gracias a
la perspicaz aunque tardía sugerencia de nuestro equipo de
producción). Nos contactamos entonces con “el dotor” y quedamos
en encontrarnos en un coqueto bar céntrico de la ciudad de Mendoza.
A partir de la voz del tal Fernández, quien nos había dicho que lo
reconoceríamos por su sombrero alto, nos hicimos inmediatamente una
imagen de hombre culto, de naturaleza más bien melancólica y un
tanto proclive al sentimentalismo. Cuando llegamos, lo reconocimos
inmediatamente por su aire melancólico, pero más que nada por el
sombrero de copa alta. Mientras el mozo se aprestaba a retirar un
pingüino
de vino tinto de
la mesa y reemplazarlo por otro, y sin mediar dilaciones, lo
abordamos con preguntas del tipo: ¿usted es Fernández?, ¿podemos
sentarnos?, ¿cómo dice?, ¿veinte pesos el sifón de soda?, ¿será
posible?
Mauricio
Fernández, alias “el dotor”. Bar Los
dos amigos. 6
de enero de 2013. 23:30 hs.:
Lo ricuerdo como si juera aié. Jue n'el '78, ant'el Mundial. Le ije
“no sea bruto, Carlito, el plural d'osímoron e osímorou
en griego. Si queré osímoru,
a lo sumo. Pero ponele 'd'osímoron', que así quea bien”.
Carlito... ¡qué personaje'se Carlito! Io n'esa época taba tudiando
Filosofía y Letra'n la UNC y taba preparándome pa'ún parcial de
griego. Así que cacé el disionario Iarza, que había sacao n'un
préstamo epecial pal fin de semana, y busqué la palabra: 'osímoron,
osímorou'. Io jui quien le sugirió, ademá, agregá el giro
“mal'ortografía” en su cuaderno, entr'otro mucho. Io lo conocí
acá'n el bar. Trabajáa'e mozo y io era y soy habitué'l lugá, como
verá. Bueno, eso hata que lo rajaron. E' que Carlito tenía la mala
costumbre'e sentarse'n la mesa d'alguno cliente amigo y bue...
descuidáa el trabajo. Y bue, la patronal no se lo perdonó (lo
tenían entre cej'y ceja). Al principio me traía lo que le pedía e
intercambiáamo alguna palabra, náa má. Io siempre venía acá con
un libro y él era muy curioso. Siempre me preguntáa qué'stáa
leiendo. Io le contaba y él tomaba nota'n su libreta e pedido.
Anotáa el nombre'l libro y algún comentario que io l'acía.
Ricuerdo qu'al principio se sentáa en la mesa pa tomá mejor nota.
Después me traía'l pingüino con do vaso y brindáamo a la salú e
la literatura o de Cortázar, o de Kafka, o de Arlt, ia medio mamáo.
Eso hata qu'el jefe lo iamáa y lo retáa por descuidá'l trabajo.
Así nos juimo haciendo amigo entrañable, entre brindi y leturas a
do voce'e Los siete
loco
o La metamorfosi
o Raiuela. Io
a vece le traía alguno osímoron pa su colesión priváa, que pronto
será pública, veo. La verdá que no sabía náa. Hace una bocha que
no lo veo. Dejé e'verlo cuando lo rajaron. No supe más náa d'él.
No tenía su teléfono y bue, dejamo de verno. Vió como'e la vída...
Pero debería
contatarse con Benigno, quizás él pueda darle má información
sobre Carlo y lo manuscrito perdío. Creo que aquí tengo su
teléfono. Tome nota.
El
“dotor” Fernández nos había dado alguna información valiosa
sobre los orígenes de la obra que más pronto que tarde catapultará
a la fama a Don Carlos Tenenbaum, de profesión tanto mercero como
carnicero por los avatares del destino, aunque escritor por libre y
empecinado arbitrio. Así también, nos había proporcionado
información sobre el segundo eslabón de la cadena de amigos del
autor, la que nos permitirá ir reconstruyendo la biografía en cuyos
recovecos pretendemos encontrar los elementos que nos guíen en la
ardua y muchas veces infructífera tarea de hacer salir a la luz el
sentido primigenio de una obra de arte, sentido tantas veces
desvirtuado por la tan lamentable deriva histórica a la que debe
verse arrojada una obra maestra, en su triste condición de
objeto-en-el-mundo. En esta labor de paciente pesquisa nos proponemos
recuperar para el lector el calor de aquel crisol en el que se fueron
fundiendo durante 35 años lo que sus detractores llaman
despectivamente “un mero glosario de contadicciones”, pero que
nosotros valoramos como una opera
magna.
Consideramos que la Enciclopedia1,
so riesgo de anquilosarse en gélidos anaqueles de bibliotecas
destinadas a eruditos, ha de ser templada por medio de un estudio
preliminar que recupere para el lector las calores que participaron
en su concepción, gestación y alumbramiento. A este noble propósito
dedicamos estas páginas que recorren tus ojos, oh Lector.
Partimos,
pues, à la
recherche
del Mariano “de la vuelta” y lo encontramos en su domicilio
particular, el mismo que habitaba hace treinta y cinco años y que
Carlos frecuentaba por aquel entonces.
Mariano
“de la vuelta”, alias "Benigno Böse".
Piscina
de su casa de la calle Amengual al 1600. 7 de enero de 2013:
La cosha fue ashí. Un día eshtábamosh con Carlitosh acá mishmo,
en la Pelopincho tomando unash heshperidinas, y me confeshó: “eshtoy
eshcribiendo un libro, Benigno”. Sho le dije “¡Carlitosh,
hermano... te lo teníash bien guardao, compadre! ¿Cómo nunca me
contashte?” “Esh que lo empeshé anoche, puesh –me dijo–.
Shosh el primero que lo shabe. Bueno, el shegundo en realidad. El
primero fui sho”. Y nos reímosh. ¡Éshte Carlitosh, shiempre tan
jodón! “¿Y cuántash hojas shevásh, shi she puede shaber?”, le
pregunté. “Hashta ahora unas sheish”, me dijo. “¿Sheish en
una shola noche? –le dije–. A ese ritmo en un mesh lo vash a
tener terminado”. Deshpuésh me dijo que no era tan fáshil, que al
prinshipio uno eshcribe mucho y deshpuésh, bueno, como que la
inshpirashión baja y, bueno, she eshcribe menosh. Esho fue hashe...,
dejame penshar..., shí, como treinta y shinco añosh, lo recuerdo
muy bien. Era un día de mucho calor, como hoy. Y losh díash de
calor me inshtalo la ofishina aquí mishmo, en la Pelopincho, como
verásh.
Bueno, esho esh ahora. Sho penshé, te digo la verdad, que en un mesh
o en un año como mucho iba a terminar el libro. Pero le shevó
treinta y shinco añosh escribirlo. Creo que esh un libro shobre
pájaros o algo ashí. No recuerdo muy bien, esho me lo contó hashe
una bocha y nunca másh volvimosh a hablar del tema... Shí, pero
esho me dijo, eshtoy sheguro: un tema de pájarosh. Deshpuésh
hablamosh de otrash coshash. De minash, sheguro, shiempre hablábamosh
de minash. Carlitosh había empeshado a shalir con la Brígida, una
porteñita que eshtaba más buena que veintishinco ashados... ¡Qué
minón la Brígida! En el barrio le deshían 'la Frígida', pero era
másh rápida que no seh qué. Seh fueron a vivir juntosh, pero esha
lo engañaba con todo el barrio..., menosh conmigo, vishte. Sho soy
de fierro. El hecho fue que she shepararon. Esho era cuando la mamá
de Carlosh eshtaba en Mendosha, porque deshpuésh la vieja she tomó
el palo. Pero bueno, esha esh otra hishtoria. ¿Querésh el teléfono
de Brígida? Anotá. Me lo shé de memoria.
Brígida
Horny. Baño de damas de la Estación de Retiro. 9 de enero de 2013:
Qué calor insoportable. Igual, lo que mata es la humedad, ¿vistes?
Eso es lo malo de vivir en Buenos Aires. En Mendoza la cosa es
distinta, ¿no? Linda ciudad, Mendoza, por cierto. Sho tuve un novio
mendocino. Se dedicaba a la industria del vino. Eso de los años que
sho viví ashá. Entre nosotras, jeje, manso muñeco. Creo que eso es
lo que más extranio de Mendoza, jaja. Qué fama tienen los
mendocinos, ¿eh? Bueno, si vos sabrás, nena... Sho lo conocí a
Carlos por intermedio de un amigo en común que vivía en Mendoza. Se
shamaba Mauricio, Mauricio Fernández. Bueno, imagino que seguirá
shamándose así, ¿no? Tamaño medio, pero muy bien. “El dotor”
le decían. Por cierto, hace como cinco años que no lo veo al chabón
ese. No sé si seguirá en Mendoza. Lo voy a buscar en facebook,
quizás lo ubique ahí. En facebook está todo el mundo, vistes.
Carlos... ¿Qué te puedo contar de Carlos? Bueno, sha que estamos
entre mujeres, ¿me permitís que te cuente una intimidad? Carlos era
un tipo muy serio, muy culto. Era muy correcto al hablar. Eso cuando
estaba vestido. Porque en la intimidad era un guarango. Parecía que
junto con la ropa se le iba lo langa. A mí me excitaba eso de él,
imagino que por el contraste, vistes. Carlos no era muy favorecido
por delante, pero te aseguro que tenía el culo más hermoso que sho
hasha visto en mi vida. Me excitaba mucho que se pusiera una tanga
roja que sho tenía. La verdad es que le quedaba a él mejor que a
mí. Sho siempre le decía: “ese culo te puede dar de comer,
Carlos”. Dicen las malas lenguas que con él se financió un libro
que tardó como treinta años en escribir. Esas mismas lenguas
también dicen que ese modo tan antinatural de hacer dinero vendría
de sus años como ayudante en la mercería de su madre. Incluso dicen
que tenía pilcha de mina. Sho no puedo dar fe ni de lo uno ni de lo
otro. Quizás sean sólo habladurías. Y si lo supiera tampoco lo
diría, por respeto a él, vistes. A la gente le encanta hablar. Pero
que tenía una gashina de los huevos de oro ahí atrás, la tenía.
Lo cierto es que a Carlos le gustaban las mujeres, por lo menos
mientras sho lo frecuenté. Bueno quién sabe, igual sho no pretendo
difamarlo. Aunque no vería nada de malo en que le gustaran los
hombres, no me malinterpretés, che. El culo es una fuente de placer
tan digna como cualquier otra. ¡Qué te lo voy a decir a vos! Vos
tenés facha de ser una mina sin prejuicios. Pero, sí, volvamos a
Carlos... Todavía siento cariño cuando pienso en él. Convivimos
tres meses. Pero un buen día me enteré de que me engañaba, saqué
todas mis cosas de su casa y me tomé el palo. Me volví a vivir a
Buenos Aires, con mi mamá. La tanga se la dejé, después de todo
parecía hecha para él; creeme si te digo que le quedaba calcada.
1
¿Mera casualidad que el dialéctico de Stuttgart también haya
elegido justamente ese término para dar título a su obra mayor?
Ciertamente no; ciertas mentes, como la del “Filósofo en
pantuflas”, aseguran que no (Nota de la sección Misceláneas de
la Revista Bolaño).
lunes, 16 de septiembre de 2013
Capítulo 3
A
pesar de todo, cual Sísifo empecinado en alcanzar la cima a como
diere lugar, Carlos se calzó su piedra al hombro y se aprestó a
reemprender la marcha. Tuvo que hacerse cargo del negocio de su
“santa madre” (sic), cuando ésta los abandonó a él y a su
padre para fugarse con su amante –el supuesto cliente habitual de
la mercería, 24 años menor– a Tierra del Fuego, y no volver a dar
nunca más señales de vida. El negocio tuvo que ser remodelado in
toto, ya que la
mercería no era –in
rigor veritas–
más que una pantalla del prostíbulo que regenteaba, atendía y
limpiaba –primero sola, finalmente con la ayuda de su hijo único–
la señora de Tenenbaum. Carlitos, tras la desaparición de su madre,
y con 38 años recién cumplidos, se propuso destinar una parte de
sus ahorros personales para remodelar el local de la calle Pellegrini
al 1200 recién heredado, y realizar póstumamente el sueño de su
abuela de erradicar de una vez por todas el prostíbulo clandestino
–que funcionaba hacía ya cinco
generaciones y
que pasaba de madre a hija– y emplazar una verdadera mercería
hecha y derecha, “con hilos de todos colores, telas de distintos
géneros, agujas de verdad y toda clase de artículos de costura y
tejido”1.
Quizás
éste sea el momento para aclarar que Carlos fue el primer hombre de
la familia no sólo en trabajar en ella, sino incluso en entrar a la
falsa mercería. La existencia del prostíbulo había sido
sistematicamente ocultada a los hombres Tenenbaum y convenientemente
disimulada con
la argucia de
un ardiente fervor religioso por parte de las mujeres del clan, de cuya
asistencia perfecta a misa de 9:00 hs. la famalia Tenenbaum siempre
pudo jactarse con el mayor de los derechos. Pero Carlos era hijo
único y ya desde pequeño se vio obligado a asumir el relevo tanto
de los roles masculinos como de los femeninos. Algunos rumores
incluso llegan a afirmar que Carlos alternaría
un guardarropa masculino con otro femenino.
En
el perfil de facebook de Carlos Tenenbaum –a cuyo círculo de amistad
tenemos el honor de pertenecer–, sólo pueden verse cuatro fotos. En
una, aparece Carlos de frente, de impecable saco a cuadros, camisa a
rayas y corbata a lunares. En otras dos se nos presenta de perfil, en
la primera de ellas en bermudas celeste, haciendo footing
por el Parque San Martín; en la otra,
con un suéter
escote en “v”,
víctima de algún que otro ataque polillesco, y un helado en la mano derecha.
En la cuarta imagen que completa la serie de fotos de perfil, aparece
Carlos a los 27 años aproximadamente –si los cálculos de la
sección de contabilidad de la revista son correctos– de camisa
blanca y jean con la bragueta abierta, acompañado de su madre. La
foto ha sido intitulada, supuestamente por el maestro mismo: “Yo,
mi canario y la puta madre que no me parió”. En las cuatro fotos
podemos ver a Carlos vestido como todo un hombrecito, lo que prima
facie refutaría
los rumores sobre su travestismo. Sin embargo, algunas fuentes
aseguran que Carlos no es justamente lo que se dice un amigo de la
Internet, y otras, que el Santo de la pluma es, lisa y llanamente, un
completo ignorante en materia informática. Unos y otros coinciden en
que se trataría de un perfil apócrifo con el claro propósito de
difamar a nuestro prohombre de las letras, hipótesis ésta que podría
inducirse a partir del último posteo que leemos en su perfil:
“Carlos Tenenbaum es un reberendo (sic) pelotudo”. Pero dejemos
éste y otros interrogantes para ser aclarados por el mismo
Tenenbaum, ya que tuvimos el privilegio de conseguir una cita para
entrevistarlo próximamente.
Hablemos, finalmente, sobre la tarea que le hubo tocado en suerte a
nuestro autor dentro del variopinto mundo de las letras. Qué se diga
ya, sin tantas dilaciones: Carlos Tenenbaum colecciona oxímoron.
Lleva siempre consigo “un cuaderno azul Rivadavia
de 200 hojas dividido en 27 secciones, cada una correspondiente a
cada letra del abecedario –como él mismo nos aclara–”. Cuando
alguna sección se queda sin espacio para más, Carlos cambia el
cuaderno por uno nuevo de idénticas características. Los distintos
cuadernos parecen todos el mismo. Y por afuera son todos iguales, a
excepción del lomo que lleva una etiqueta autoadhesiva con su
correspondiente número. Con respecto a su contenido, algunas
palabras, expresiones o giros los ha recogido en la calle, otros los
ha recopilado hojeando revistas o libros, e incluso ojeando programas
televisivos. Algunos son de cuño propio. Otros no. Dejemos que
Carlos nos cuente cómo empezó su hoy vasta colección:
Carlos
Tenenbaum. Comedor de su casa de la calle Almirante Brown al 1800. 20
de julio de 2012:
Recuerdo, joven, que la idea se me ocurrió consultando un
diccionario. Pero realmente no recuerdo qué palabra estaba buscando.
El hecho, joven, es que soy muy curioso, por lo que cuando abro un
diccionario me demoro en cada hoja que se presenta... digamos,
azarosamente frente a mí, ya que me detengo sin proponérmelo en
cualquier palabra y no puedo evitar leer su definición para subsanar
parte de mi vasta ignorancia. Esta inconstancia, que a primera vista
se presenta como una debilidad mía y que pronto usted verá que no
es digna de tal denominación, me conduce, muchas veces, a apartarme
de mi objetivo inicial (conocer la definición de una palabra en
particular), ya que suelo encontrar, en la entrada que demoró mi
atención, algún otro término cuyo significado también desconozco,
circunstancia ésta que me fuerza
a ir en busca de esa nueva palabra y, en este nuevo proceso
heurístico, por
llamarlo de alguna manera,
volver a detenerme en otras páginas y toparme con nuevos términos
por mí desconocidos, lo que me obliga
a abortar la última búsqueda e inmediatamente atender a un nuevo
objetivo... digamos, autoimpuesto por mí, pero de manera autónoma, claro está.
Este
hábito de mi más tierna infancia, con el tiempo elevado a modus
operandi, no lo he
abandonado nunca. Debo confesarle, joven, que al principio vagaba de
palabra en palabra como náufrago al capricho del dios Eolo. Con el
tiempo, en cambio, pude ir afirmándome en algún que otro término
conocido para no ahogarme en el mar de mi ignorancia. Digamos que
esas palabras conocidas funcionaban a la manera de maderos que me
permitían permanecer a flote, o, si a usted le parece mejor, ir
saltando de significante en significante sin zozobrar en el vasto
océano de los significados. Digamos que el diccionario era mi
chaleco salvavidas. Aunque en este caso, bueno, digamos, el chaleco
mismo contendría los maderos que me hacían flotar y también, por
qué no, las piedras que me mandaban a pique, por llamar de alguna
manera a las palabras
desconocidas. ¡Esas son las más perras!
Pero, a ver... Déjeme pensar un momentito... Sí, claro, las piedras
serían, en realidad, madera petrificada (eso es) que, una vez conocido su
significado, por obra y gracia de la memoria se despetrificaban,
digamos, y entonces yo podía ahora aferrarme a ellas... Ya no sé si
tiene sentido lo que le estoy diciendo, joven. La metáfora es un arma de doble
filo, ¿vio? Bueno, ¿a qué venía todo esto? Ah, sí, el
diccionario. El diccionario, al principio, era un terreno
completamente desconocido para mí. Con el tiempo, de tanto ir y
venir por sus páginas, terminé reconociendo cada uno de sus
recovecos. Como verá, mi aparente inconstancia terminó por dar sus
frutos. Y hoy, a treinta y cinco años de la decisión, trascendental
en mi vida, de no cejar jamás en mi empeño por catapultarme a las altas
cimas del academicismo, con el solo mecanismo, a la vez arrojador y
arrojadizo, digamos, de mi inconstancia, puedo decir, con orgullo,
que supe hacer de una debilidad una virtud. Y lo denomino de esta
manera, estimado joven, porque mi inconstancia me ha arrojado, y en el proceso se ha
arrojado a ella misma conmigo, al éxito, en general; al
reconocimiento académico, en particular; y a las puertas de la
Editorial Vox, en singular.
“Metodología
de aprendizaje azaroso” o “Metodología azarosa de aprendizaje”
es como he dado en llamar a este procedimento por mí casualmente
inventado. Aunque si bien usted lo mira, joven, no he inventado
nada, pues no es otra cosa que el método mismo utilizado por los
niños en su transcurrir por la niñez. Es al pedo (como
decía mi padre),
hay que volver a la naturaleza si uno quiere hacer las cosas de la
mejor manera posible o, en su defecto, de la manera más natural
posible. Lo que natura
non da... ¿En qué
estaba, joven? Ah, sí, gracias. Le decía que todo empezó una
tarde en la que yo buscaba una palabra (no recuerdo ciertamente cuál)
en mi Diccionario
Vox de la Lengua Castellana,
edición de 1834, que hube heredado de mi padre (Dios lo tenga en su
santa gloria)... Decía, que hube heredado en los dulces años de mi
primera infancia. Buscando esa palabra hoy olvidada, me demoré en otras hasta
toparme con un término que me desconcertó hasta el tuétano. La
palabra en cuestión era, justamente, “oxímoron”. Le juro que en
mi puta, y en aquel entonces corta vida, había escuchado esa
palabra. Se trata, sin lugar a dudas, de un neologismo, pensé (por
lo menos en lo que a mi humilde bagaje terminológico respecta,
digamos). Primero que nada... Por cierto que mi método pedagógico no carece del uso de hipótesis, que tanto progreso ha traido aparejado en las ciencias, joven. Al margen confieso que estuve tentado de decir "no adolece de". Como usted sabrá, joven (y usted tiene apariencia de persona culta) el buen uso del castellano exige el giro “carecer de” y no el popular y erróneo (adjetivos que
tienden a cierta adyacencia) “adolecer de”. Bien, ¿en qué estaba? Ah,
sí. Oxímoron. Primero que nada, digo, supuse que se trataba de
algún pájaro exótico o algún pimiento, tal vez, de tamaño más
bien pequeño y de color más bien rojizo. No sé por qué, pero le
juro que pensé eso. Fíjese usted cuál no fue mi sorpresa, joven, al constatar que
mi hipótesis primigenia de trabajo caía, cual ambarino líquido
excrementicio describiendo una erronea trayectoria (como
quien dice), fuera del tacho.
La
primer entrada de mi humilde Enciclopedia de Oxímoron (confieso que
cuando tuve la idea de titularla casi le pongo “de Oximorones”,
craso error del que fui rescatado a tiempo por mi docto amigo e
insustituible asistente, Don Mauricio Fernández, que tuvo la fortuna
de asistir unos meses a un Terciario de Lengua y Literatura en
Eugenio Bustos, magna insitución ésta que lo benefició de por vida
con un fina capacidad de maniobra por los escabrosos terrenos de la
lengua castellana). ¿En qué estaba? Ah, sí, disculpe que a veces
me vaya un poco por las ramas, joven. Le decía que la primera
entrada de mi humilde Enciclopedia de Oxímoron (como finalmente di
en llamarla), primera en orden cronológico de plasmación, y no en
orden alfabético de ordenamiento, claro está, fue, justamente, la
palabra “oxímoron”. Sí, lo recuerdo muy bien. Ah, ¡qué
promesas auguraban esas ocho letras escritas con tinta azul en un
cuaderno Rivadavia de 200 hojas, encuadernado con papel araña
también azul!
La
Enciclopedia fue completándose poco a poco (escribir una enciclopedia no es moco de pavo). Luego de aquella primera
palabra, copié (no se hable aquí de plagio) los ejemplos con que mi
honorable
Diccionario Vox de la Lengua Castellana,
edición de 1834, ilustraba la entrada susodicha. A ver, por aquí
las tengo anotadas. Espéreme un momentito, joven... Por aquí deben de estar. Sí, aquí están. Lo que pasa es que soy un
sentimental y llevo estas cosas siempre conmigo... “Silencio
atronador”, “instante eterno”... Estos fueron mis primeros
oxímoron. El resto del material para mi opera
prima lo fui
recolectando pacientemente a lo largo de mi vida, mi propia
fenomenología personal del espíritu, versión de bolsillo del
hegeliano Volkgeist, encarnado por quien le habla, en persona.
1No
hemos conseguido ubicar el paradero –por
evitar el barbarismo “salidero”–
de esta cita perdida. Podría tratarse de una referencia apócrifa de cuño del autor (Nota del Editor).
miércoles, 11 de septiembre de 2013
Capítulo 2
Aquella
misma mañana, Carlos Tenenbaum supo que la suerte definitivamente se
había empecinado
en joderle la vida. Su madre se iba con su mejor cliente y le dejaba
de regalo el negocio, junto con la obligación de hacerse cargo de él
para poder mantener a su padre. Su proyecto de dedicarse tan sólo
unos meses a la mercería hasta poder juntar el dinero necesario para
internarse uno o dos años a escribir se iba a pique, destino éste
que en aquel momento deseó para el barco de los amantes fugitivos.
La
carnicería siempre había dado pérdida, pero la señora de
Tenenbaum y su hijo no habían querido nunca destrozar la ilusión de
su padre confesándole que los clientes se aprovechaban de su ceguera
para engañarlo en las transacciones comerciales, haciéndo pasar un
billete de diez –cuando no un simple papel– por uno de cincuenta,
por ejemplo. Carlos
pensó en su padre y se puso triste. ¿Cómo le diría lo de su
madre? Y también pensó en sí mismo y en cómo haría para realizar
un proyecto que ya parecía imposible. Recordó entonces una escena
vivida con su padre muchos años atrás.
Carlos
había aprendido una valiosa lección de vida que jamás olvidaría,
cuando allá por 1950, su padre, cuchillo en mano, una vez le había
dicho: “En el fondo –y cuando decía “fondo”, lo decía en
sentido literal–, no somos más que vísceras, Carlitos. Si uno
escarba en el interior de un ser humano, encuentra lo mismo que un
carnicero como yo encuentra cada día al descuartizar las vacas que
acaban de llegar del matadero: corazón, hígado, chinchulines,
mollejas. ¿Sabés cuál es la única diferencia entre un hombre y
una vaca? –le preguntó blandiendo en alto su cuchillo con el filo
manchado de rojo–”. Después de un silencio sostenido de su hijo
–que Don Bautista Tenenbaum, alias “el Bate”, interpretó como
de respeto, pero que en realidad se debía a la impresión que habían
causado en el pequeño Carlos las crudas palabras de su padre
acompañadas cada vez del zarandeo de la víscera nominada– le
respondió sabiamente el carnicero de mirada penetrante, que uno
podía falsamente suponer detrás de sus gafas oscuras: “Que las
vacas tienen seso y nosotros cerebro, Carlitos. Los sesos no sirven
más que para guiar a una vaca en busca de los mejores pastos, y
bueno..., también para ser preparados en ensalada fría con vinagre,
perejil y cebollita picada fina, o a lo sumo en croquetas, que tan
bien hacía mi santa madre –Dios la tenga en su gloria–. El
cerebro, en cambio, sirve para tener ideas y escribir libros, hijo,
libros que nunca pude aprender a leer porque tuve que empezar a
trabajar desde muy pequeño cuando mi padre murió”. Don Bautista,
después de haber dicho estas palabras, se limpió las manos en su
delantal blanco estampado de manchas rojas, tomó el bastón blanco
que siempre dejaba apoyado en la pared detrás de la moledora de
carne, le tendió la derecha a Carlitos y lo condujo hasta su pieza
para mostrarle los libros que había heredado de su padre, es decir,
del abuelo del futuro hombre de letras. “Ahora son tuyos, hijo.
Tenés que aprender a leer y a usar este cerebro que te distingue de
las vacas”. Carlitos quedó muy impresionado por las palabras de su
padre y, quizás ya ese mismo día, decidió que alguna vez
escribiría él tambien un libro y se lo dedicaría a su padre. Así
fue como desde muy pequeño se lo podía ver siempre con libros en la
mano, especialmente con un Diccionario
de la Real Academia Española
de fines del siglo pasado, del que ya no se desprendería nunca, y
cuya importancia en el relato el Lector pronto advertirá. Desde
aquel momento había optado, aún sin ser plenamente consciente de ello, por
el sinuoso y solitario camino de la autodidáctica, que ya nunca
abandonaría.
Pero
Carlos Tenenbaum parecía meado por el mismo Zeus porque el destino
aún le deparaba dos nuevas desgracias. De las tres primeras ya fue
informado el lector en tiempo y forma. La cuarta1–literalmente– lo esperaba a la
vuelta de la esquina, más especificamente en la casa de un amigo del
barrio: “el Mariano de la vuelta”, sito en la
calle Amengual.
La familia de este tal Mariano ostentaba un Impala modelo 1936 de
color azul mar –más bien tirando a mar Caribe–. Cierto día en
que Carlitos se aprestaba a visitar a su entrañable amigo, quizás
para ahogar en compañía y con Hesperidina las recientes penas, el
padre del Mariano fracasaba en su intento de anganchar su amado auto
a la Ford F100 de un vecino para remolcarlo hasta un taller cercano.
Quiso la suerte –en rigor de verdad, la mala suerte– que Carlos
recibiera la cuarta de remolque –luego de que el señor “de la
vuelta” la sacudiera peligrosamente, dando así rienda suelta a su
enfado– en plena mano derecha, extremidad ésta que dedicaba al
delicado ejercicio de la escritura y a las no menos respetables y
solitarias artes autoamatorias. Un mes debió permanecer Carlos
Tenenbaum con la mano diestra enyesada sin poder tocar un lápiz ni
ninguna otra cosa. Sus vanos intentos de satisfacer sus dos pasiones
juveniles con la zurda no lograron enderezar el desviado rumbo que ya
habían tomado sus asuntos.
1En este punto del relato descubrimos que este cuarto obstáculo no condice con aquello que el autor nos había adelantado en el capítulo anterior. La interrupción de la que aquí se nos habla no se debe a “motivos de índole estríctamente ocupacional” (Nota del Editor).
1En este punto del relato descubrimos que este cuarto obstáculo no condice con aquello que el autor nos había adelantado en el capítulo anterior. La interrupción de la que aquí se nos habla no se debe a “motivos de índole estríctamente ocupacional” (Nota del Editor).
martes, 10 de septiembre de 2013
Prefacio, advertencia y capítulo 1
a Laura
Prefacio-manifiesto del Colectivo Bolaño
Somos
un grupo de poetas que hemos decidido fundar la revista "Bolaño",
de pronta aparición en nuestra provincia. Además del hecho de
considerarnos poetas, nos une una incondicional veneración por el
gran poeta chileno-mexicano-español Roberto Bolaño, como nuestros
más perspicaces lectores ya habrán deducido. Algunos de nosotros
escribimos, otros pintamos o tocamos algún instrumento. Pero la
mayoría1
no hacemos nada de eso. Porque nada de eso es suficiente para ser
considerado poeta. Es más, nada de eso siquiera es necesario. Ser
poetas, para nosotros no es nada de eso, es más bien un modus
vivendi. Tenemos
las ocupaciones más diversas, ora escritor, ora pintor, ora músico,
ora nada de eso. Hemos decidido ser poetas porque el mundo nos parece
insuficiente e insatisfactorio. El poeta es alguien que se rebela
frente a lo dado. Poeta es quien recrea, a su manera, el mundo
después de haberlo juzgado insuficiente e insatisfactorio. Poeisis
es acción.
Advertencia preliminar: al Lector-hembra
Basten
las palabras precedentes como introducción y pasemos, pues, al tema
que nos ocupará, a mí y a partir de ahora como escritor-macho que
asume un rol activo de erasta; a tí de lector-hembra o erómeno,
querido Lector. Lector, mi semblante, déjate cortejar por las
palabras que prepararé diligentemente para tí, déjate seducir por
el calor de mi aliento erizando los pelos de tu nuca. Lector, mi
semblante vuelto de espaldas, hazte cómplice de mis fantasías
narcisistas, que yo procuraré colmarte de placeres que nunca antes
habrás experimentado, porque será como dármelos a mí mismo.
Entraré cautelosamente en las entrañas de tu alma, con el
lubricante natural de la metáfora. Ya desde tu interior sacudiré
las aguas dormidas de una vida sacrificada en el altar de la
costumbre y la rutina. No temas, oh Lector, que una verba abundante
contamine tu pureza interior, pues no me son ajenas las artes
amatorias de Onán, y antes de que puedas arrepentirte de haberte
dejado seducir por quien esto escribe, acabaré este relatus
interruptus.
I
Para el primer número de nuestra futura revista, nos hemos propuesto escribir una nota sobre quien es actualmente, y a nuestro parecer, el máximo exponente de las letras mendocinas contemporáneas: Carlos Tenenbaum, nacido en 1942 en Alemania y mendocino por adopción. Sus padres lo adoptaron cuando Carlos tenía seis meses y aún no se llamaba así. Dos años después –luego de un par de viajes de reconocimiento a la región cuyana– decidieron afincarse definitivamente en el departamento de Godoy Cruz.
Nuestro autor está pronto a lanzar al mercado editorial local su opus literae nº1, fruto de 35 años de una labor interrumpida en el campo de las letras, que el maestro comenzó allá en sus años mozos por 1978, cuando trabajaba como maître en el bar "Los dos amigos", y que se vio en la necesidad de postergar varias veces a lo largo de su vida, siempre por motivos de índole estríctamente ocupacional. Por vez primera, a causa de su comprometida y recordada participación en el mundial de fútbol de ese mismo año como cocacolero de la tribuna popular visitante del Estadio Malvinas Argentinas, circunstancia ésta que lo privó de las ya escasas horas de las que disponía para escribir. Sus años mozos terminaron en 1979, cuando por problemas con la patronal se vió obligado a abortar prematuramente su prometedora carrera en el rubro gastronómico para ayudar por las mañanas en el negocio de su madre, una mercería de la calle Pellegrini al 1200, y, por las tardes, en la carnicería de su padre, que funcionaba al frente de la casa que la familia habitaba por aquel entonces en la esquina de Bernardo O'Higgins y Carlos Pellegrini de Godoy Cruz. Y ésta fue la segunda ocasión en la que nuestro éxito editorial en potencia tuvo que postergar la redacción de sus manuscritos. Cada vez que la necesidad apremiaba, Carlos Tenenbaum se veía en la obligación de multiplicar sus esfuerzos laborales y dejar momentáneamente de lado su proyecto literario hasta que las penurias económicas amainaran. A pesar de los muchos obstáculos que tuvo que sortear en su vida, Carlos Tenenbaum no cejó jamás en su empeño por continuar su obra. Por más que su materialización se viera varias veces aplazada, la decisión se mantuvo siempre firme en su cerebro.
Parece ser que el trabajo en la mercería era mucho más adecuado a su sensible naturaleza de hombre predestinado a las letras, que el duro oficio de carnicero. Sin embargo, durante los cuatro primeros meses, no hizo distingos en su dedicación a una y otra actividad. Cada tarde, el joven Tenenbaum de 37 años, hacía de tripas corazón y poco a poco fue aprendiendo a amar el noble oficio de carnicero que heredó de su padre. Pero como el trabajo en la mercería le dejaba cada vez más dividendos –la clientela de la mercería había aumentado de manera exponencial en aquellos cuatro primeros meses en los que Carlitos se iniciaba en las artes de su madre– poco a poco fue desatendiendo las faenas sanguinolentas en el local de su padre, para terminar dedicándose full time al negocio materno. La intención de Tenenbaum en aquel entonces era trabajar duro durante un par de meses en la mercería para poder así juntar una suma de dinero que le permitiera dedicarse por uno o dos años a terminar su libro, aunque ello implicara adoptar un estilo de vida espartano para estirar esa pequeña fortuna lo más posible.
Pero sus proyectos resultaron frustrados una vez más cuando, en 1980, nuestro héroe trágico de las letras hubo de sufrir nuevamente –por tercera y antepenúltima vez– los avatares del destino, que parecía haberse ensañado con él y su profundo deseo de ser alguien en el universo literario. Tal animadversión del hado hacia él puedo ser ya sospechada por el mismo Carlos –y luego confirmada por las artes adivinatorias de su padre– aquella fatídica y fría mañana del 19 de junio de 1980 en la que halló sobre el mostrador de la mercería una nota de puño y letra de su madre que decía:
“Carlitos: me marcho al sur con Antonio. Tenemos el proyecto de embarcarnos juntos en un buque pesquero y dedicarnos a la pesca (sic) de centolla en los mares del sur. Antonio me ha hablado mucho de las auroras boreales (sic) y de su pasión por la pesca. Tanto me ha hablado que ya no concibo una vida sin él, sin auroras boreales y sin una caña de pescar entre mis manos. Espero que sepas entender que lo hago por mi propia felicidad (sic). Hacete cargo vos solo de la mercería y cuidá de tu papá. En el segundo cajón te dejo las escrituras del local a tu nombre. Feliz cumpleaños, Carlitos. Te quiere, Mamá”.
Nuestro autor está pronto a lanzar al mercado editorial local su opus literae nº1, fruto de 35 años de una labor interrumpida en el campo de las letras, que el maestro comenzó allá en sus años mozos por 1978, cuando trabajaba como maître en el bar "Los dos amigos", y que se vio en la necesidad de postergar varias veces a lo largo de su vida, siempre por motivos de índole estríctamente ocupacional. Por vez primera, a causa de su comprometida y recordada participación en el mundial de fútbol de ese mismo año como cocacolero de la tribuna popular visitante del Estadio Malvinas Argentinas, circunstancia ésta que lo privó de las ya escasas horas de las que disponía para escribir. Sus años mozos terminaron en 1979, cuando por problemas con la patronal se vió obligado a abortar prematuramente su prometedora carrera en el rubro gastronómico para ayudar por las mañanas en el negocio de su madre, una mercería de la calle Pellegrini al 1200, y, por las tardes, en la carnicería de su padre, que funcionaba al frente de la casa que la familia habitaba por aquel entonces en la esquina de Bernardo O'Higgins y Carlos Pellegrini de Godoy Cruz. Y ésta fue la segunda ocasión en la que nuestro éxito editorial en potencia tuvo que postergar la redacción de sus manuscritos. Cada vez que la necesidad apremiaba, Carlos Tenenbaum se veía en la obligación de multiplicar sus esfuerzos laborales y dejar momentáneamente de lado su proyecto literario hasta que las penurias económicas amainaran. A pesar de los muchos obstáculos que tuvo que sortear en su vida, Carlos Tenenbaum no cejó jamás en su empeño por continuar su obra. Por más que su materialización se viera varias veces aplazada, la decisión se mantuvo siempre firme en su cerebro.
Parece ser que el trabajo en la mercería era mucho más adecuado a su sensible naturaleza de hombre predestinado a las letras, que el duro oficio de carnicero. Sin embargo, durante los cuatro primeros meses, no hizo distingos en su dedicación a una y otra actividad. Cada tarde, el joven Tenenbaum de 37 años, hacía de tripas corazón y poco a poco fue aprendiendo a amar el noble oficio de carnicero que heredó de su padre. Pero como el trabajo en la mercería le dejaba cada vez más dividendos –la clientela de la mercería había aumentado de manera exponencial en aquellos cuatro primeros meses en los que Carlitos se iniciaba en las artes de su madre– poco a poco fue desatendiendo las faenas sanguinolentas en el local de su padre, para terminar dedicándose full time al negocio materno. La intención de Tenenbaum en aquel entonces era trabajar duro durante un par de meses en la mercería para poder así juntar una suma de dinero que le permitiera dedicarse por uno o dos años a terminar su libro, aunque ello implicara adoptar un estilo de vida espartano para estirar esa pequeña fortuna lo más posible.
Pero sus proyectos resultaron frustrados una vez más cuando, en 1980, nuestro héroe trágico de las letras hubo de sufrir nuevamente –por tercera y antepenúltima vez– los avatares del destino, que parecía haberse ensañado con él y su profundo deseo de ser alguien en el universo literario. Tal animadversión del hado hacia él puedo ser ya sospechada por el mismo Carlos –y luego confirmada por las artes adivinatorias de su padre– aquella fatídica y fría mañana del 19 de junio de 1980 en la que halló sobre el mostrador de la mercería una nota de puño y letra de su madre que decía:
“Carlitos: me marcho al sur con Antonio. Tenemos el proyecto de embarcarnos juntos en un buque pesquero y dedicarnos a la pesca (sic) de centolla en los mares del sur. Antonio me ha hablado mucho de las auroras boreales (sic) y de su pasión por la pesca. Tanto me ha hablado que ya no concibo una vida sin él, sin auroras boreales y sin una caña de pescar entre mis manos. Espero que sepas entender que lo hago por mi propia felicidad (sic). Hacete cargo vos solo de la mercería y cuidá de tu papá. En el segundo cajón te dejo las escrituras del local a tu nombre. Feliz cumpleaños, Carlitos. Te quiere, Mamá”.
1Vale
decir, tres de cuatro miembros plenos.
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